Reivindicando la Gramática

Miguel del Corral Domínguez.

Es especialmente gratificante reivindicar los estudios gramaticales en una publicación universitaria, y más quizá en estos tiempos de desprecio a la Cultura y decapitación inmisericorde de las Humanidades y la Ciencia, y de las Ciencias Humanas, así que sirvan, por tanto, estas líneas para reivindicar la Lingüística, en nuestro caso adscritos al paradigma estructural-funcional, e incluso la práctica de algunas actividades tan injustamente denostadas como el análisis sintáctico, pues, suscribiendo las palabras del gran sabio del idioma, Gutiérrez Ordóñez –discípulo de Alarcos-, nos parece una práctica muy saludable y un ejercicio intelectual increíblemente provechoso aun a riesgo de poder resultar impopulares.

Es cierto que el maestro Alarcos llegó a decir que no era aconsejable inmiscuirse en cuestiones gramaticales excesivamente complejas antes de los catorce años; y, obviamente, dicha práctica, pensamos, deberá adaptarse a la capacidad de cada edad, a la madurez mental e intelectual inherente a esa edad e, incluso, de cada persona pues las aptitudes varían de unos individuos a otros, pero el propio Alarcos recalcaba la importancia de introducir, desde edades más tempranas, las convenientes píldoras gramaticales (saber qué es un sustantivo, un adjetivo, etc.). Y suscribimos los argumentos de Gómez Torrego cuando decía: los análisis coherentemente concebidos y desarrollados con rigor pueden coadyuvar al “bien escribir” desde el punto de vista de la corrección sintáctica, pues los ejercicios continuados de análisis ayudan al alumno a familiarizarse con las estructuras y los esquemas sintácticos de su propia lengua […]. Es cierto que se puede escribir muy correctamente sin saber nada de sintaxis, pero también lo es que los ejercicios de análisis sintáctico debidamente razonados inciden en una mayor consciencia del entramado combinatorio lineal de las construcciones de las frases.

En efecto, creemos que esta conciencia lingüística adquirida mediante los análisis sintácticos continuados contribuye, como decía este autor, a evitar las discordancias, los anacolutos, los dequeísmos, etc. Claro está que no puede convertirse, como a veces se ha hecho, en un sinsentido mecánico, en algo que se haga sin reflexión, sin método adecuado y, a veces, hasta con contraproducentes dosis de pedantería –hay que huir de excesivos formalismos, de la “arboreomanía” o culto al diagrama arbóreo y, sobre todo, al dogmatismo-, pero, bien realizado, el análisis sintáctico por supuesto que contribuye y ayuda al dominio –oral y escrito- de la lengua precisamente por esa conciencia lingüística que se tiene del sistema, de la herramienta, del instrumento, esto es, del idioma. Claro que lo primero es leer, leer, leer, leer, leer y seguir leyendo; y luego escribir, escribir, escribir, escribir y seguir escribiendo (comprendiendo lo que se lee y reflexionando sobre lo que se escribe para que todos acaben expresándose con la debida corrección idiomática, tanto oralmente como por escrito) sin olvidarnos de nuestra rica tradición literaria, pero eso no está en modo alguno reñido con prácticas tan positivas como los ejercicios sintácticos; contraponer lo uno a lo otro nos parece una trampa saducea de nefastas consecuencias. Esto echa por tierra la supuesta inutilidad del análisis sintáctico, pero es que, aun en el caso de que no fuera útil –que ya hemos dicho que sí lo es-, ello no legitimaría su supresión, pues de igual forma ocurre con tantas otras cosas. Pondré un ejemplo que me toca muy de cerca: mi abuelo materno Agustín del Corral Llamas –hijo del ilustre matemático José del Corral y Herrero, gran amigo de Julio Rey Pastor-, tras muchos años dando clases de matemáticas, acabó de jefe de Contabilidad del ayuntamiento de Palencia y él mismo reconocía con su entrañable humor –que también era la piedra angular de la filosofía de Alarcos– que trabajando toda la vida con números nunca hubo de realizar una raíz cuadrada a pesar de haberla enseñado constantemente durante años en sus tiempos de docente. Igual que muchos transitan su vida sin recurrir a fórmulas químicas o clasificaciones taxonómicas de animales que, sin embargo, estudiaron en sus tiempos escolares. Es inevitable volver de nuevo a Gutiérrez Ordóñez para suscribir sus palabras: “Si nadie pone en duda la necesidad de conocer la estructura de una catedral gótica, ¿no hemos de estudiar el entramado de la más hermosa catedral que haya construido jamás el hombre, el lenguaje?”.

Por eso rechazamos de plano las acerbas y, a menudo injustas, críticas –poco fundamentadas- que se han venido realizando a la identificación de formas, funciones y estructuras y, por extensión, al estructuralismo (o estructural-funcionalismo), especialmente desde los años 70 del siglo pasado. Además, un excesivo pragmatismo o utilitarismo anti-humanístico –tan imperante hoy día- sería altamente peligroso y pernicioso pues alguien podría argüir que una persona puede nacer, vivir y morir sin necesidad de recurrir nunca –pongamos por caso- a la poesía. ¿Suprimimos, en consecuencia, la poesía? Ese utilitarismo populista y anti-intelectual nos lleva inexorablemente a una degradación que supondría una degeneración patética y deprimente e incluso atroz, y haría que la cultura se nos escapara sigilosa en tristísima deflación exangüe (por emplear la deliciosa prosa poética del maestro Alarcos). Y, a pesar de todo, como hemos dicho, la sintaxis, bien enfocada, sirve ¡y mucho! Más de lo que algunos se piensan.

Otra crítica suele ser la de su aridez y complejidad. Soy yo el primero en reconocerlo, la Lingüística puede resultar una ciencia complicada, ardua, enrevesada, intrincada e incluso tediosa, de ahí la capital importancia de los docentes de dicha materia y el esfuerzo que deben realizar para hacerla sugerente y sugestiva. Porque se puede hacer atractiva y estimulante, y ese ha sido siempre mi propósito. El hecho de que algunos digan que es una materia “antipática” porque muchas personas no guardan grato recuerdo de términos como “predicativo”, “subordinadas”, etc., es, en cierta forma, un argumento falaz. Hay gente a la que le gusta e incluso apasiona –véase mi caso- y gente a la que no, pero igual que ocurre con otras tantas facetas de la vida, y afirmar lo contrario es caer en absurdos y ridículos tópicos o clichés. Es verdad que quizá un servidor siempre ha sido demasiado bicho raro, de esos que, puestos a escoger, entre salir al patio a jugar al fútbol o hacer análisis sintácticos, hubiera preferido, sin lugar a dudas, lo segundo. Por ello, lo dicho anteriormente se debe, en gran medida, a estereotipos insertos en algunas mentes pues, incluso para alguna gente, el deporte, más aún el omnipresente fútbol, poco tenía de lúdico y entretenido y sí mucho de cansado y desagradable. Y no es una crítica al deporte –aunque otros prefiriéramos montar en bici o la natación a la práctica balompédica-, sino un intento de reflejar la escasa solidez de algunos planteamientos. Claro que para algunos la sintaxis puede resultar intrincada y árida –y, reitero, soy el primero en reconocerlo-, pero, para otros –como un servidor-, es apasionante y solo amando la materia se puede enseñar de forma amena, estimulante y sugestiva. Y es que las críticas que se hacen a esa complejidad de la Lingüística cabría hacérselas a otras muchas materias. Para otros, eran las matemáticas, el álgebra o la trigonometría las que les hacían tener pesadillas. Tampoco es que muchos precisamente disfrutasen locos de contento con las fórmulas químicas, con los problemas de física teórica o con las características de las plantas o de las rocas ígneas, sedimentarias y metamórficas. E incluso, por desgracia, había algunos a los que les aburría la historia o les parecía soporífera la filosofía cuando estas dos, por ejemplo, para mí, junto a la Lingüística, me parecen fascinantes. Y así con todo, hay quien podía odiar, desgraciadamente, materias como la música porque, para ellos, la mera lectura de un pentagrama era como descifrar un jeroglífico dificilísimo e incluso tocar un instrumento se les antojaba una tarea harto dificultosa, mientras que otros –y doy fe de ello porque tengo la inmensa fortuna de contar entre mis amigos a alguno que es músico- no podrían vivir sin componer, sin tocar… pues les apasiona la música. Lo que no se puede pretender es que todo sea lúdico y simpático para todo el mundo; hay gente a la que le gustan y se le dan bien unas cosas y a otros, otras; pero, por fortuna, hay personas con muchas inquietudes intelectuales y ansias de ampliar sus horizontes y aprender de diferentes ámbitos, incluidos por supuesto los vinculados a las Artes y las Humanidades, de ahí que los terribles intentos en aras de su decapitación por parte de algunos pragmáticos utilitaristas no puedan sino considerarse,  como decía Gutiérrez Ordóñez, un delito de lesa humanidad. Ahora bien, dicho esto, todo docente tiene que intentar hacer estimulante, atractiva, sugerente y sugestiva su materia, para ello debe amarla, y en tal grado e intensidad que sea capaz de desvivirse y hacer lo posible y lo imposible por presentarla bonita a sus interlocutores, para ello siempre hay que alejarse de cualquier tipo de dogmatismo, hay que guiarse siempre con el escepticismo lógico de cualquier persona versada en campos intelectuales, con abierta mentalidad y espíritu integrador con el que suscitar interés por su materia o área de estudio.

Y otro tanto cabe decir sobre el normativismo; soy el primero que reniega de talibanes ortográficos o gramaticales, pero ello no puede llevarnos a negar la necesidad de un cierto código que sirva precisamente para mantener la cohesión de ese otro código que es la lengua, en nuestro caso internacional y expansiva. Es cierto que lo que hoy es correcto puede dejar de serlo y viceversa, usos hoy censurados pueden acabar siendo perfectamente válidos, y todo por la decisión de la comunidad de hablantes de esa lengua, ¡nada hay más democrático que la lengua! Pero lo que tampoco se puede pretender es la absurda anarquía lingüística por la sencilla razón de que es una institución humana y social e igual que se viste de una u otra manera o se actúa de un modo u otro según las situaciones, lo mismo ocurre con la lengua donde, nos guste o no, hay estratos que la propia comunidad de hablantes se encarga de establecer. Y por eso, aunque el mensaje se entienda, no es lo mismo decir en una entrevista de trabajo “Se me ha olvidado el documento. Si tuviera la posibilidad, se lo haría llegar sin demora” que decir “Me se ha olvidao el chisme, si podría, te lo mandaría, tronco…”. Claro que los usos pueden cambiar y que  lo que hoy se estima culto deje de serlo o que algo que hoy resulta vulgar en cierto tiempo ya no lo sea. Igual que, hipotéticamente, un día los vehículos en España podrían dejar de circular por el carril derecho y hacerlo por la izquierda, al modo británico –como se cambiaron, en su momento, ciertos límites de velocidad-, pero con independencia de las directrices, conviene amoldarse a lo establecido –aunque sea con espíritu crítico, faltaría más-, máxime cuando ese establecimiento emana precisamente de la voluntad de los propios hablantes que con sus usos van conformando los criterios que validan o invalidan tal o cual expresión o estructura. Pero, eso sí, siempre al modo alarquiano, forrándose de escéptica cautela, siendo incluso críticos con el normativismo, dejando a las lenguas en paz, pues son los propios hablantes al utilizarlas los que deciden y, finalmente, por supuesto, los lingüistas analizando desde el rigor científico y, por tanto, desde el lógico y razonado descriptivismo –en nuestro caso funcionalista-, igual que un químico puede describir un ácido como corrosivo pero no se le ocurriría decirle “¡No seas tan corrosivo!”; asimismo, un lingüista o gramático describe estructuras, formas, funciones y los usos que del sistema, de la lengua, realizan los hablantes; y, como decía Alarcos, solo después, de su peso y medida se desprenderá la norma, siempre provisional y a merced del uso.

Como dijo Gutiérrez Ordóñez en su magnífico discurso de ingreso en la RAE –de muy recomendable lectura-, “un hecho biológico, la coexistencia de generaciones, y un hallazgo cultural, el lenguaje, nos permiten perpetuar conocimientos a través de la transmisión, es decir, de la educación. Gracias a ella, podemos entregar como legado el cofre del saber a las generaciones que nos siguen”, de ahí la importancia de cuidar nuestro idioma, que es nuestro patrimonio común más consistente.

Por eso son tan desafortunadas algunas críticas como las de José Antonio Marina, entre otros, cuando, por ejemplo, afirmaba que le parecían engorrosas ciertas definiciones o etiquetas que se usan en gramática, incluso en aquellas gramáticas con afán divulgativo y de carácter ameno como La gramática descomplicada del gran Álex Grijelmo. En fin, ya en su momento, respecto de sus manuales de Educación para la ciudadanía, el filósofo Gustavo Bueno (padre del materialismo filosófico y de la teoría del cierre categorial) le dio el conveniente repaso al señor Marina, no en vano algunos le han criticado su verborrea inconsistente, su pensamiento liviano o sus naderías tautológicas (más basadas en deseos que en razonamientos) aunque otros prefiramos quedarnos con su aparente interés por mejorar la educación siempre que, claro está, no vaya precisamente en detrimento de esta. Llegados a este punto no podemos por menos que recordar maravillosos artículos como aquel en que el grandioso Juan José Millás decía: “La industria del futuro es la industria sintáctica. Todo el mundo habla. No hacemos otra cosa que hablar. La atmósfera está completamente llena de conversaciones. Lo malo es que son conversaciones banales, malas, rotas, tristes, defectuosas. Tanta tecnología punta para preguntarle a la sufrida esposa dónde está la mahonesa. Pues en el tarro de la mahonesa, hombre de Dios, dónde quieres que esté. Vamos, que son mejores los teléfonos que las conversaciones. Pues bien, ahora que ya hemos conseguido una calidad impresionante en el aparato, sería hora de poner las frases a su altura. En otras palabras: viva la gramática, con permiso de Telefónica (con acento en la o)” o aquella otra columna en la que el mismo Millás comentaba en plan metafórico “El problema del Real Madrid es que ha perdido competencia lingüística. Tiene excelentes sustantivos y adjetivos, sí, pero le faltan conjunciones y preposiciones, que es lo mismo que poseer una hermosa puerta con su quicio, pero carecer de bisagras para su articulación. Los jugadores del Madrid saben dar puntapiés, es decir, saben pronunciar palabras aisladas, pero no logran que los puntapiés de unos concuerden con los de los otros para hilar una frase. No necesitan un entrenador, necesitan un gramático y quizá un logopeda”. O La víscera gramatical, donde J. J. Millás dice: “Si la víscera gramatical no actuara, la sociedad sufriría un colapso. No nos entenderíamos o nos entenderíamos tan mal que saldría uno de casa con intención de comprar un quilo de cebollas y regresaría (en el mejor de los casos) con cuarto y mitad de mortadela. Sin la víscera gramatical, no podríamos hacer la declaración de Hacienda ni sacarnos el carné de identidad ni escribir cartas al hijo que estudia o trabaja en Estados Unidos. Si a mí me dieran a elegir entre tener problemas digestivos graves o problemas gramaticales graves, elegiría los primeros, sin duda, pues con un régimen adecuado y protectores de estómago saldría adelante. Cuidémonos la gramática, pues, como nos cuidamos el corazón o la boca”. Suscribimos su recomendación; es más, celebramos su parecer de forma entusiástica confiando en que cunda el ejemplo para que se valoren debidamente los estudios gramaticales frente a tópicos o clichés repetidos a modo de mantra y que, amén de injustos, serían enormemente contraproducentes.

Eso sí, no dejaremos de insistir en la trascendencia de buenos docentes enamorados de su asignatura que, con denodado esfuerzo, hagan todo cuanto esté en su mano para hacer atractiva su área de conocimiento sabiendo además que la lengua, el dominio de la lengua, es la puerta que abre el conocimiento a todos los demás saberes y que conocer y dominar ese sistema se antoja una tarea capital, esencial e irrenunciable por la que no deberíamos dejar de luchar.

2 comentarios:

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