Historias con Inicio “C”: ViñaRock

Ana Martínez

Día cuadragésimo séptimo de la cuarentena. Yo hoy debería estar borracha perdida en alguna parte del recinto de conciertos del ViñaRock.

Y debería de estar con mi hermano, mi novio y mis mejores amigos.

En lugar de eso, estoy en mi casa, hablando con mi mejor amigo por Skype mientras bebo agua después de una clase de GAP. Que sí, que esto es infinitamente más sano que lo otro pero qué queréis que os diga, viva el vino.

Deberíamos haber llegado ayer por la tarde, a eso de la hora de cenar. Deberíamos haber aparcado en un sitio estratégico y haber montado las tiendas de campaña prácticamente a ciegas, mientras la música del altavoz de Fran, ese que murió en el primer Viña y resucitó tres días después, nos ameniza las horas. Los vecinos que ya estuviesen por allí, nos hubiesen echado una mano, y después, hubiésemos cenado todos juntos, en un círculo enorme, con dos o tres guitarras, cantando. Esencia ViñaRock.

Y esta mañana, nos teníamos que haber despertado a eso de las 10, de resaca. Paseo por el campo para soltar lastre y a la panadería a desayunar. A esa que descubrimos el año pasado y donde todo lo que comes está recién hecho, porque lo hacen ellos. Son casi las 12:30 y es hora de volver a las tiendas a empezar a beber. Pero antes, un paseo por el mercadillo para fichar cosas interesantes que comprar este año. Yo, mi bandera republicana. Por fin. Esa que digo todos los años que me voy a comprar, y que al final nunca me compro.

Comemos unos macarrones con tomate guarros pero que saben a gloria, y yo ya llevo un par de cachis. Media siesta tomando el sol, o dentro de la tienda si se levanta el frío y después, otro cachi y a funcionar al recinto. Recoger las pulseras, comentar el diseño de este año. Joder, a mi me la han apretado mucho. Entrar al recinto. La emoción. Estamos otra vez en casa.

Todo es familiar, pero al mismo tiempo, todo tiene un aire nuevo. Se respira buen rollo, y si hace bueno, cae un helado de cáñamo nada más arrancar. Vamos a ver qué hay por ahí.

Cachi de cerveza a la que podemos. Mierda. Hay que cambiar el dinero. Otra maldita cola, pero qué igual da. Estás en el sitio donde llevas queriendo estar durante un año. Conciertos. Saltos. Empieza a entrar el hambre. ¿Cenamos fuera o casi mejor nos quedamos? Bah, fuera, que hoy no hay mucha gente.

Rubén y Miguel van a por sus primeras brochetas. Yo me conformo con unos tallarines o algo de arroz. Sentarnos en el bordillo a cenar. Todos juntos. Alex comenta lo buena que está esa tía que pasa con sus amigas, pero esta vez se queda con nosotros. Resulta que este año tiene novia. Volvemos a entrar al recinto. Otro cachi de cerveza. O de calimotxo para mi. Necesito ir al baño antes de que empiece el concierto.

Se ha hecho tarde, a mi me empieza a doler la rodilla. Casi que mejor, volvemos a las tiendas, que lo interesante ya se ha acabado. Allí nos sentamos. Preparamos una cachimba. Nos juntamos con los vecinos. Abrimos unas patatas fritas y unas pipas y yo me preparo otro cachi. Mañana hay que ir a por hielos sin falta.

Son las 5 y lo único que se escucha ya es la rave. Hora de dormir. Abrazos y cada uno a su tienda. Hace un frío del carajo, así que Rubén y yo dormimos con un par de sudaderas. Antifaz. Tapones. Felicidad.

Todo esto debería haber sido, pero no. La parte buena es que hoy me ha llegado mi bandera republicana.

Cuadragésimo séptimo día de la cuarentena. Echo de menos estar con mis amigos en el ViñaRock.

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