Historias con Inicio “C”: Tormenta

Ana Martínez

Hoy es el vigésimo tercer día de la cuarentena, y creo que va a caer una buena tormenta.

Esta mañana, cuando me he levantado, he seguido mi ritual y he abierto la ventana. Mi cara de fumada y yo hemos asomado la cabeza y he cerrado los ojos para sentir el aire en la cara… Y he sentido un aire raro. Bueno, más que raro, es un aire que me ha recordado a algo. Me ha recordado al Viña. Una temperatura aceptable, aire fresco y unas nubes que de pronto, cubren todo el cielo. Sigue haciendo bueno, pero sabes que ese olor a humedad, pronto va a ser agua. Sabes que va a caer una tormenta.

Y la verdad es que aún no ha caído, pero sé que lo hará. Y echo de menos poder vivirla fuera de casa. Que te pille en medio de la ciudad, y que eches a correr para no mojarte, hasta que te das cuenta de que es una tontería, que te vas a calar, y decides disfrutar de la lluvia en la cara, en los huesos, porque ya te secarás en casa.

Que te pille la tormenta en medio del campo, tener que refugiarte con tus padres y tu hermano en el coche y sentir como retumba el suelo bajo tus pies. Pasar miedo, sentirte muy pequeña, pero en el fondo, disfrutar con la adrenalina, con la emoción, con el saber que ahí dentro no te va a pasar nada.

Que te pille la tormenta en la playa. Ver cómo los rayos lejanos caen en el mar y fríen algún pez. Ver el mar embravecerse, sentir como las olas chocan contra las rocas y las parten, sentir la espuma en la cara porque te has acercado demasiado al malecón y, como no, te ha caído el mar encima como si de un cubo de agua fría se tratase.

Y hablando de playas y de mar. Hoy, posiblemente, si mi día hubiese sido distinto y el viernes hubiese podido coger aquel avión, mi padre y yo hubiésemos ido por la tarde a dar un paseo por Santa Cruz, la capital de la isla. Es una ciudad pequeñita Muy pequeñita. Pero tiene rincones preciosos, dignos de perderse en ellos. Buscadlo en Google.

Hubiésemos ido a mi heladería italiana favorita, la que pilla cerca de la plaza de los músicos, esa que de pequeña me parecía tan grande, y que ahora me parece tan chiquita, tan recogida, tan como estar en casa. Después de otro paseo, una buena cerveza fría y a buscar un sitio donde cenar. Quizá en alguna arepería cerca del barco, o en el italiano ese en el que comimos tan bien, pero tan apretados la última vez. Ese que estaba en el paseo marítimo.

Luego, taxi de vuelta, un ratito en la playa, de noche, contemplando la oscuridad y las estrellas, y a por el mojito y a dormir. Hubiese sido un gran plan.

El viento sigue soplando, y las nubes cada vez son más negras, y en este vigésimo tercer día de la cuarentena, estoy segura de que, en algún momento, va a caer una buena tormenta.

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