Historias con Inicio “C”: Miedo

Ana Martínez

Septuagésimo séptimo día de la cuarentena. Tengo miedo.

Probablemente hoy debería estar feliz, ayer la tarde fue maravillosa y no me he quemado tanto con el sol como pensaba que lo iba a hacer. Debería estar contenta de porque en unas horas, voy a volver a la terraza de Rubén, de mi novio, a comer fruta fresca y escuchar música tranquilamente, porque realmente creo que no se me ocurre mejor plan en el mundo ahora mismo. Bueno, sí. Cambiad la fruta por calimotxo y patatas fritas. Pero obviando ese pequeño detalle, es un plan sin fisuras.

Sin embargo, estoy tumbada en el sofá, tiritando y tapada con la manta más calentita que tengo. Y no es que fuera haga frío. No es que haga mal tiempo. El sol está reluciente, no hay nubes en el cielo y parece que nieva con tanta pelusa. No, el clima no es el problema. El problema soy yo.

El problema está en que tengo miedo. Y en realidad es un miedo lógico y legítimo. Últimamente, hay muchas cosas que en mi vida no están funcionando como deberían. Mi cuerpo se comporta de forma rara y estoy preocupada. ¿Recordáis esos análisis que me hice hace semana y media y por los que todavía tengo un bonito moratón en el brazo? Pues hoy me han dado los resultados, y no son precisamente buenos.

Que algo no andaba bien ya lo sabíamos todos. Yo la primera. Pero en muchas ocasiones, aunque tú ya sepas que algo pasa, que hay problemas y creas que estás concienciado, cuando recibes la noticia que te lo confirma, es cuando realmente se hace tangible el problema. Ahí es cuando te das cuenta de que no eran paranoias tuyas, que realmente algo no funciona bien, y eso asusta. Mucho.

Asusta y cansa. Agota mentalmente, porque aunque tú ya lo supieses y lleves varios meses conviviendo con el dolor, ya no sólo es el dolor lo que tienes que soportar, también es la incertidumbre de no saber qué está pasando, cómo tienes que actuar. El no saber si irá a mejor o a peor. El no saber si tiene solución. Todo eso es una carga mental que se suma a lo que ya tenías antes. Y estoy cansada de estas cargas, porque no es la primera vez que las sufro.

Ya me pasó con la rodilla. Ahora, esto.

Supongo que de alguna forma tengo ventaja, ya sé cómo me voy a sentir, ya sé cómo reaccionar ante mis propios miedos y ya sé lo que debo hacer. Pero eso no quita que, aunque lo sepa, no pase por exactamente los mismos estadios que la última vez. Y está claro que, tras setenta y siete días de encierro, ha llegado el momento de avanzar a la primera fase de todo este proceso, que sin duda, es el miedo.

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