Historias con Inicio “C”: Hola

Ana Martínez

Hoy es el decimonoveno día de la cuarentena, y por fin, después de tanto tiempo, me he vuelto a rencontrar con un viejo amigo, al que le he dicho “hola”.

No. No he salido a la calle, tranquilos, que sigo con mi norma de ir como mucho a comprar una vez a la semana. Este viejo amigo está en mi casa, y no se trata de otro que mi piano.

Yo empecé a tocar el piano con 5 años. Por suerte, he crecido en una familia de músicos, que aunque no hayan sido nunca profesionales, siempre le han dedicado muchísimas horas de su tiempo libre, así que mi madre tenía uno en casa, y a mi me debía fascinar aquello. Al fin y al cabo, la música era lo que llevaba mamando desde que nací, por lo que supongo que en el fondo, era algo lógico. El caso, que me debía gustar un montón aporrear las teclas, así que un buen día, les pedí a mis padres que me enseñaran a tocarlo. De cabeza a una academia, y hasta hoy.

Nunca llegué a completar los estudios oficiales, es cierto. Pero reconozco que no era por un problema de capacidad, sino por ganas, porque no me gustan los métodos, porque requería escoger entre tiempo libre o música, y qué queréis que os diga, a mi me gusta la música durante mi tiempo libre, sin obligaciones, así que eso del conservatorio, no era lo mío. Y lo decidí rápido, a los 11 años.

Sin embargo, siempre he estado tocando el piano. En academia, con profesores particulares, de la forma que fuese, hasta que vi que ir a clase se convertía en algo que hacía por obligación, más o menos a los 20 años, así que decidí que no, que para mi la música, en todas sus formas, sólo era si la disfrutaba, y haciéndolo de forma obligada, no disfrutaba de ninguna de las maneras.

Y así fue como poco a poco, el piano pasó a ser un actor secundario de mi vida, y no el acompañante del protagonista como lo había sido hasta ahora. Cada vez tocaba menos, me apetecía menos tocar, y sólo me sentaba en el taburete cuando quería componer. Eso de montar una partitura de Bach o de Chopin, mejor para otro día.

Hasta ayer.

Ayer volví a tocar, después de, creo, un mes de silencio. Y fue como rencontrarme con un viejo amigo. El tacto de las teclas al contacto con las yemas de mis dedos, la presión que debo ejercer para que cada nota transmita lo que quiero transmitir. La comunión que se genera.

Y ayer, volví a disfrutar tocando el piano.

Así que hoy estoy feliz. Aún no he tocado nada, y no sé cuántos días tardaré en volver a hacerlo, pero desde luego, es reconfortante saber que es como montar en bici, que esa conexión nunca se pierde.

Hoy es el decimonoveno día de la cuarentena y ayer, me rencontré con mi piano de nuevo, y le volví a decir “hola”.

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