Historias con Inicio “C”: Final

Ana Martínez

Centésimo primer día de la cuaren… No. Ya no. Perdonad, ha sido la costumbre. Hoy es el primer día de la nueva normalidad y como hablamos hace 25 días, os quiero dar las gracias porque este va a ser el final.

Y ahora es cuando me surge el dilema. No sé si ponerme sentimentaloide y daros las gracias por lo mucho que escribir esto me ha ayudado durante los peores días, o simplemente, hacer un recuerdo de los greatest hits de Ana haciendo/siendo subnormal.

Creo que voy a optar por lo segundo.

Empecé contándoos que me había hecho amiga de una mosca, que ya para empezar, pues de persona normal no era, aunque en realidad, lo que necesitaba contaros es que la situación me sobrepasaba y la ansiedad me estaba consumiendo.

Seguí enfadándome con todo el mundo, porque la situación seguía sobrepasándome a un ritmo exagerado, y si tú no puedes hacer nada, pues te enfadas con los que sí pueden.

Después, pasé a contaros cosas bastante más personales de mi vida. Y eso es algo que no tenía pensado hacer cuando empecé esta serie de entradas. La idea inicial de que la ironía fuese lo primero, fue dejando paso a la Ana real, la que es imbécil porque se dobla una uña con su propio pie, se hace un esguince en su propia casa y se quema tanto que parece que ha comido algo a lo que tenga alergia. Y qué queréis que os diga. Me ha gustado más la Ana del final.

El tiempo avanzó y yo os reconozco que me empecé a quedar sin ideas. Y madre de Dios, qué agobio. Todo el día pensando sobre qué podría escribir, y nada. Un pantallazo azul total en mi cerebro. Al final siempre sacaba algo, pero es que el hecho de que todos los malditos días fuesen iguales… Jesús. Qué coñazo.

Y de pronto, volvió la inspiración. Bueno, o más que la inspiración, volvieron a pasarme cosas. El poder quedar de nuevo, los paseos con mi madre, el ingreso de mi abuelo, quemarme como un cochino en una hoguera… La sequía había sido larga, pero por fin había agua en el cauce de mi escritura (perdón).

Y como por arte de magia, esto se acaba. Sé que quedan muchos cabos sueltos, que hace mucho que no os cuento que Calvi ha perdido fuerza y ahora me da miedo que desaparezca. Que aún me quedan pruebas pendientes por hacer, de las que os prometí resultados, y que se va a quedar en el aire y que os gustaría saber cómo siguen evolucionando las quemaduras solares, que han conseguido que hoy parezca un asiático gordo, pero creo que parte de la gracia de esto es que se quede así.

Básicamente, porque otro de mis objetivos de esto era reflejar la vida misma, mi vida, y creo que ese sí lo he conseguido. Y si no os habéis dado cuenta, mi vida es un desastre. Un maravilloso desastre, donde me pasan las cosas más absurdas e improbables que os podáis imaginar, así que por mucho que quiera cerrar tramas, es imposible que eso suceda, porque cuando se me deshinche la cara, me pasará otra cosa más. Estoy segura.

Así que si os parece bien, voy a terminar esto y me voy a poner a espantar a las moscas que han entrado en mi habitación mientras escribía la última entrada. Porque tras ciento un días a vuestro lado, es el momento de bajar el telón, dar las gracias, infinitas, a todos los que me habéis leído, aunque sólo haya sido

una vez, y decirnos hasta luego, porque espero que nos podamos volver a ver en la siguiente cuarentena (que la habrá. Pronto. Os lo aseguro). Y a esta Ana, a la que os lleva escribiendo durante tantos días, a Ana Martínez Ayala, no se le ocurre una forma mejor que esta de poner junto a vosotros, un maravilloso punto y final.

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