Historias con Inicio “C”: Casa

Ana Martínez

Hoy es el trigésimo día de la cuarentena, y me estoy dando cuenta de que nunca os he hablado de mi casa.

Sé que tengo suerte, muchísima suerte por vivir en un sitio como en el que vivo, en el que todas las ventanas dan a la calle aunque no tengan balcón. Sé que tengo suerte, porque pese a no vivir en un chalet de doscientos metros cuadrados con campo de fútbol y piscina para mi sola, tampoco vivo en una habitación de apenas cincuenta metros cuadrados.

Y es que mi casa tiene cuatro habitaciones, y vivimos cuatro en ella. Tiene un salón luminoso y grande en el que cuando mis padres y mi hermano no están, monto fiestas con más de dos y más de tres amigos. Hay una cocina estrechita, no muy grande, donde no sé por qué, siempre nos juntamos todos cuando hay reunión familiar. Tengo dos baños, así que cuento con la suerte de que es muy raro que necesite con urgencia usarlo, y estén los dos ocupados. Tengo internet y televisión. Varios ordenadores, calefacción, luz y agua. Pero sobre todo, tengo libros, muchos libros. Y también mucha música, repartida en instrumentos, partituras, libros de teoría musical y muchos Cds. Y esto significa que tengo la suerte de no aburrirme casi nunca.

Tengo en mi habitación espacio suficiente como para ensayar los bailes de la orquesta, con esa maravillosa ventana de la que os hablé hace un par de días, desde la que, otra vez, estoy volviendo a ver cómo empieza a llover sin previo aviso. Menos mal que soy demasiado vaga para quitar la pila de libros y cosas y ponerme a escribir desde el alféizar.

Así que puedo decir que tengo suerte. Muchísima suerte. Porque en mi sofá cabemos los cuatro, aunque mi hermano esté más cómodo en su habitación y apenas haga vida familiar. Tengo una suerte infinita porque dentro de mi familia, no hay violencia de ningún tipo, sólo cariño y mucho amor. Y tengo muchísima suerte porque en mi nevera, pese a no ser muy grande, nunca falta comida.

Y si yo lo estoy pasando mal con esto de estar encerrada, no me imagino, ni siquiera puedo llegar a atisbar, cómo se siente cualquier persona que viva en un hogar sin amor, con violencia, con seis personas encerradas en un piso de cincuenta metros cuadrados con ventanas que sólo dan a un patio interior. Así que ánimo. Mucho ánimo y mucha fuerza, que de esta salimos, básicamente, porque no salir significa morir, y esa no es una opción.

Hoy, en este día tan redondo, en este trigésimo día de la cuarentena, me doy cuenta de que tengo la mejor de las suertes por pasar el encierro en esta casa.

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