Historias con Inicio “C”: Calle

Ana Martínez

Hoy es el séptimo día de cuarentena y hoy, por fin, he pisado la calle.

En casa había que comprar cuatro cosas tontas para pasar el fin de semana. Refrescos, palomitas, fruta, conservas, papel higiénico… Lo básico del apocalipsis vaya, así que yo, valiente, me he ofrecido rápidamente a arriesgar mi vida por abastecer a mi familia.

Nerviosa, me he vestido, he cogido la lista, y armada con una mascarilla, unos guantes y el carro de la compra, me he atrevido a abrir la puerta del portal, esa que me llevaba a un mundo nuevo, en el que nunca había estado, a una especie de Narnia donde no hay faunos ni reinas locas, sino gente asustada yendo a comprar, cuatro irresponsables haciendo el subnormal dando un paseo, y varios policías multando a esos cuatro irresponsables para que todo el esfuerzo que los que están en la primera línea de batalla (sanitarios) y los que siguen currando para que no muramos de hambre o de alguna otra cosa (transportistas, cajeros, barrenderos, etc.) no se vaya al traste.

El camino al súper ha sido tranquilo, por suerte no había demasiada gente, supongo que es lo que tiene ir a hacer la compra a las 15h, y cuando he entrado, más de lo mismo. Desinfectante, colas en las que en vez del metro de seguridad que se recomienda, se dejan cuatro o cinco por si acaso, y señoras peleando por el turno en la carnicería. Lo normal, vaya.

Gracias al Dios (es decir, a repartidores, productores y reponedores), he podido comprar todo lo que iba en la lista. Parece que se nos ha pasado ya esa locura de acaparar comida hasta que no nos quepa más en el congelador… O que los acaparadores están gastando sus reservas y aún no tienen que volver a por más. El caso, que he pagado, me he vuelto a mi casa y fin. He desinfectado el carro, he tirado los guantes y la mascarilla y he seguido con mi vida de cuarentena. Esa en la que las rutinas se hacen cada día un poco más amenas, pero en la que ver fotos del verano que pasaste con tus colegas en la playa, duele más que 24 puñaladas en el riñón.

En otro orden de cosas, hoy he abierto la ventana para que Mos saliese, y ha pasado una cosa curiosa. Ha salido y ha vuelto a entrar. Sé que es ella porque he seguido su vuelo. No sé si será que se ha acostumbrado al calor de la casa, o que simplemente, ha hecho exactamente lo mismo que yo cuando he bajado a comprar, dar una vuelta y volver a la rutina, pero me ha hecho un poco feliz ver que, de alguna forma, quiere pasar los días que la puedan quedar a mi lado. Mañana abriré la ventana otra vez para que de otro paseo. Así al menos, un poquito de mi yo vuela con ella durante unos segundos.

Hoy es el séptimo día de cuarentena y hoy, por fin, he bajado a la calle.

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