Historias con Inicio “C”: Bravas

Ana Martínez

Día sexagésimo noveno de la cuarentena. Hoy echo mucho de menos unas buenas patatas bravas.

Será que últimamente tengo hambre a todas horas (maldita dieta), pero ahora mismo, con el solecito y el buen tiempo, lo único para lo que tengo ganas y fuerzas es para estar en un terraza, con un buen cachi de calimotxo en la mano y un tanque entero de patatas bravas. De las buenas. De esas que en cuanto te sirven, pinchas con el palillo aunque sepas que te vas a quemar la boca entera.

También me apetece mucho estar en el río con unas cervezas frías, unas bolsas de comida basura, la cachimba y un altavoz. Sentarme en la toalla para no mancharme y que al rato me tenga que poner la chaqueta porque entre la sombra de los árboles y la humedad del río, la temperatura de Burgos sigue siendo para valientes. Echar allí la tarde y llegar a casa para cenar.

Y qué me decís del Parral. Hoy sería un día estupendo para que fuese el Parral. Sin lluvia. Solecito, llegar pronto por la mañana para pillar sitio. Empezar a beber antes de que la bebida se enfríe. Acercarte a coger morcilla y tortilla de patata a los puestos de las peñas. Tardar media hora en ir y volver de mear, porque siempre te encuentras con alguien. Y si no te has encontrado con alguien, pues haces amigos por el camino, porque es lo bueno que tiene Burgos.

Hoy también hubiese sido un buen día para hacer una comida con amigos en el campo. Unos cuantos bocatas, una nevera con hielos y simplemente tumbarte en la hierba a dejar que pasen las horas, mientras miras al cielo azul y disfrutas de la poca vitamina D que podemos conseguir en esta ciudad.

O quizá, ir a las piscinas un rato.

O sentarnos en un banco del antiguo motocros, en lo alto de la colina, a comer unas pipas.

O ir a la terraza de Rubén, invadirle la casa, que ya sabemos que no le gusta nada, y disfrutar allí de solecito, viendo cómo atardece poco a poco, viendo cómo el sol se esconde entre las colinas que están justo enfrente.

O subir al castillo, colgarnos del mirador, y esperar a que se haga de noche para ir al Mac, coger la cena y volver allí a disfrutar de la catedral iluminada, que parece que está tan tan cerca que hasta podrías tocarla.

O ir a la playa dando un paseo.

O hacer un birracros.

O en realidad, hacer cualquier cosa. Con ellos. Con mi gente. Y con mascarilla y distancia. Porque eso, la distancia, es lo que más nos va a costar. No darnos un buen abrazo cuando nos volvamos a ver. No comernos a besos. No darnos una colleja cariñosa y juntarnos bien para salir todos en la foto. Qué ganas de pasar a la fase 1.

En fin, que no sé, que en este sexagésimo noveno día de la cuarentena, lo único que tengo claro es que me comería un cubo entero de buenas patatas bravas.

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