Historias con Inicio “C”: Bar

Ana Martínez

Nonagésimo cuarto día de cuarentena. Por primera vez desde el 13 de marzo, este fin de semana volví a entrar en un bar.

He de reconocer que al principio fue una sensación extrañísima, era como estar donde siempre pero no como siempre, y eso hace que el cerebro crea que hay algo que funciona mal, mientras se alegra de que todo sea como ya conoce y qué queréis que os diga, estuve un rato algo descolocada.

Luego, cuando me pedí esa primera (y única, que no puedo tomar más) cerveza… Ahí si que la sensación fue indescriptible.

POR FIN.

Por fin una vieja costumbre que me apetecía volver a retomar. Por fin algo que no me da pereza hacer de lo que era mi antigua normalidad. Por fin un momento de calma y de lo de siempre en todo este follón que se ha montado en este 2020. Amigos, risas, cerveza. Y ya. Porque no se necesita mucho más.

Ahora bien. Algo sí que ha cambiado durante este tiempo, y es que antes, había que hacer una ruta por los bares del centro o del barrio. Ahora, si pillas una mesa dentro de un bar, quédate con ella hasta que decidas marcharte a casa, porque posiblemente no vuelvas a encontrar otra en unos cuantos locales a la redonda, así que decide bien los sitios donde quieres tomarte esa jarra de cerveza, porque posiblemente sea el único sitio que pises de la tarde, si no quieres morirte de frío en una terraza a las diez de la noche.

Cosas de la nueva normalidad.

La verdad es que aparte de esas cuatro tonterías, la sensación siempre es la misma. Mucha gente. Dios mío, por qué hay tanta gente. Y sobre todo, se nota que hay gente en el ruido que hay en el local. Se me había olvidado que los humanos somos tan terriblemente ruidosos cuando nos juntamos unos cuantos. Y eso es algo que mi garganta ha notado. Tras tres meses hablando siempre a un volumen normal, sin tener que elevar la voz durante mucho tiempo, mis cuerdas vocales están desentrenadas, y terminé la noche hablando como si fuese una camionera búlgara. Madre mía qué ronquera. Supongo que es como lo de volver a hacer deporte después de tres meses en casa, que hasta que el músculo se vuelve a acostumbrar, los cuatro días de agujetas no te los quita ni Dios.

Menos mal que tengo una buena formación vocal y no se me ha olvidado cómo recuperarme rápido de una ronquera.

En fin, que tras noventa y cuatro días, entré un poco en lo que va a ser la nueva normalidad a partir de ahora cuando queramos tomarnos unas cervezas, que si os soy sincera, se parece mucho a la vieja normalidad de estar tranquilamente, disfrutando de tus amigos, en un buen bar.

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