Historias con Inicio “C”: Amigo

Ana Martínez

Cuadragésimo segundo día de la cuarentena, llevo 24h buscando un nombre para mi calva junto a mi mejor amigo.

Creo que todavía no os he hablado de él, y teniendo en cuenta que siempre está presente mientras escribo estas cosas, igual ya es el momento.

Se llama Miguel Ángel, y nos conocemos más o menos de toda la vida. Creo que yo tenía 5 o 6 años cuando nos conocimos. Al principio no nos llevábamos, directamente. Coincidíamos en el coro del colegio, nuestros padres se conocían, y poco más. Él es un año mayor, así que tampoco coincidíamos en clase, por lo que simplemente sabíamos de la existencia del otro, y la dejábamos pasar.

Hasta mi sexto de primaria. A él le hicieron repetir y le tocó en mi clase, en 6ºB. Al principio os lo podéis imaginar, el repetidor, un chaval raro, que no hablaba mucho, pero que sobre todo era alto, muy alto. Demasiado para su edad. Y como no nos sabíamos su nombre y éramos un poco hijos de puta, que es lo que se es cuando tienes 11-12 años, pues le empezamos a llamar “EL ALTO”. Y así se quedó.

Después, pasamos a la ESO y de nuevo juntos. Toda la secundaria, en la misma clase, y teniendo en cuenta que ya nos conocíamos de antes, que ambos catábamos en coros, que nuestros padres eran conocidos, y que vivimos a escasos 6 minutos el uno del otro, por causa de fuerza mayor, nos hicimos amigos. Para mí, siguió siendo “Alto” durante todos esos años, en los que tuvimos nuestros más y nuestros menos, sobre todo por mi parte, porque resulta que a mi la adolescencia me sentó mal. Muy pero que muy mal. Pretendía ser cosas que no eran y tenía cierta querencia a no valorar a quienes estaban a mi lado y a idolatrar a quienes sólo me querían por el interés. Y así me fue, hasta que pasamos a bachillerato, y descubrí quién había estado a mi lado siempre. Y fueron esos dos años de bachillerato, principalmente el de segundo, en el que por primera vez desde hacía 6 años no estábamos juntos en clase, en el que yo pasé los peores momentos de mi vida. Y fue en esa época en la que él estuvo y se quedó a aguantar lo que hiciera falta, siendo uno de los tres pilares importantes de mi vida. Y cuando yo conseguí levantarme, él se cayó, y pude devolverle la mitad de lo que él me había dado.

Y es que desde entonces, no nos hemos separado. Yo soy mucho más cabezota y tengo mucha menos paciencia, y él compensa con la calma que a mi me falta siempre para todo. Es la persona con la que más horas al día paso a lo largo de mis semanas, y durante esta cuarentena, creo que sólo ha habido un día en el que no hayamos hecho una videollamada de menos de una hora.

Me acompaña entrenando y somos capaces de pensar y decir exactamente lo mismo al mismo tiempo. Desde el comentario más sesudo hasta el chiste más estúpido. Y sobre todo, lo que más hacemos juntos es beber. Beber y reírnos. Reírnos muchísimo, hasta llorar. Y cuidarnos mutuamente todos los días, porque si hay alguien con quien comparto mis mierdas es con él. Literalmente. Son incontables las veces que nos hemos contado que estábamos cagando. Así que si hay que creer en las almas gemelas, yo tengo claro que él es la mía.

Y es por eso que ayer, después de escribir mi relato de la calva, nos pusimos a pensar nombres que le fuesen bien, porque ya que a uno le pasa una desgracia, qué mejor ocasión para echarnos unas risas.

Hoy, en el cuadragésimo segundo día de la cuarentena, hemos decidido que mi calva se va a llamar “Calvi”, porque si algo sabemos todos, es que no soy la

mejor para los nombres, y si no os lo creéis, preguntadle al que lo sabe todo sobre mi. Preguntadle a mi mejor amigo.

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