Historias con Inicio “C”: Adiós

Ana Martínez

Hoy es el noveno día de mi cuarentena, y es el momento de decir adiós.

Y a qué le tenemos que decir adiós exactamente, imagino que estaréis pensando… Pues tranquilos, que os lo explico.

La mañana ha comenzado como siempre. Los vecinos de abajo con la radio a tope, yo con los tapones puestos y una canción comercial, de esas que tan poco me gustan pero que tanto canto, que me despierta. Hoy es domingo, aunque a veces perdamos la noción del tiempo, así que toca desayunar tostadas con aceite y un buen colacao. Desayuno de campeones, decía mi abuela. Mañana poco productiva, como debe ser por el día de la semana que nos toca, arroz para comer que ha hecho papá, un poco de telediario alarmante, que te cuenta que se confirman dos semanas más de confinamiento, y a echar la siesta. Bueno, a echar la siesta… O a mirar por la ventana.

El sol asomaba entre las nubes, así que he abierto la ventana para que Mos pudiese salir a dar un paseo como estos últimos días, mientras yo me apoyaba sobre el alféizar de la ventana, contemplando absolutamente nada. Y entonces, ha sucedido.

Mos ha salido, ha revoloteado a mi lado un par de veces y se ha marchado para no volver. Supongo que eran ya demasiados días encerrada. Supongo que tampoco le quedaba mucha vida por agotar. El caso es que para cuando me he querido dar cuenta de lo que estaba pasando, Mos ya se había ido.

No me ha dado tiempo a despedirme, ni a agradecerle que pasase estos primeros días tan duros conmigo, aunque fuese desde la distancia física que siempre mantienen las moscas. No he podido recordar con ella la ilusión que me hizo verla por primera vez, ni me ha dado oportunidad a decirle lo que la voy a echar de menos ahora que ya no va a estar, y lo largos que se me harán los días sin ella. Simplemente se ha ido, y ya no puedo decirle adiós.

Por suerte, a los pocos segundos, una de las señoras que vive en la residencia de enfrente de mi edificio se ha asomado por la ventana. Me ha mirado, ha sonreído y yo le he devuelto la sonrisa. No ha dicho una palabra, apenas hemos hecho un gesto con la cabeza antes de que se volviese a meter a su habitación, pero eso ha sido suficiente para que mi interior se sintiese un poquito menos triste y un poquito menos solo.

Hoy es el noveno día de la cuarentena, y no he podido decir adiós.

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