Historias con Inicio “C”: Abuelo

Ana Martínez

Octogésimo tercer día de la cuarentena. Hoy, os quiero hablar de mi abuelo.

Es el padre de mi madre, y el único abuelo que he podido conocer, porque por desgracia, mi padre perdió al suyo por un cáncer de pulmón cuando apenas tenía algo más de 20 años (mi padre, digo). Así que literalmente, para mi, es el mejor abuelo del mundo.

Nunca ha sido un hombre cariñoso. Nació poco antes de la guerra y nunca tuvo una vida fácil ni cómoda, y en algunas ocasiones, tampoco hizo fácil y cómoda la vida de quienes le rodeaban. Por suerte, yo soy su única nieta. Y os puede parecer una tontería, pero no lo es.

Cuando nací, nada más verme, dijo que yo iba a ser muy inteligente. Supongo que se equivocó, pero esa fe que tuvo en mi desde el primer momento, la ha mantenido intacta siempre. Porque si algo puedo decir de mi abuelo es que es como una sombra. No hace ruido. Casi siempre está solo. No es muy hablador cuando hay mucha gente cerca y odia dar besos. Pero siempre está ahí. Cuidándote. Dispuesto a hacer todo lo que necesites. Ayudándote a levantarte cuando te has caído y te has hecho un raspón en la rodilla y comprándote una chuche de vez en cuando, pero nunca antes de comer, que luego no comes, y la abuela le echa la bronca a él.

Aunque, ahora que lo pienso, si tuviera que definirle con una palabra, sería “RISA”. Sin duda.

Estar cerca de mi abuelo significa reírte. Escuchar batallitas que no sabes si se las inventa o qué, pero donde siempre hay un toque de humor cómico. Mil chistes horribles, malísimos, de esos que si te cuenta un amigo, no solo no te ríes, sino que nunca más le vuelves a llamar para quedar, pero como te lo está contando él, de alguna forma, consigue que te haga gracia. Y si no consigue que te rías con sus chistes malos, hará alguna tontería con la dentadura, con las gafas, con el pan, con lo que tenga cerca, porque es imposible estar a su lado y que la sonrisa no te ocupe toda la cara.

Creo que por mi cumpleaños ya os hablé algo de él. O al menos, os conté su regalo, que no fue otro que un sobre con una hoja manuscrita en la que me había escrito una retahíla de chistes inventados. Porque otra cosa que tenéis que saber de él es que es una persona tremendamente creativa. Nunca dio una mísera clase de dibujo, pero tengo álbumes enteros con los dibujos que nos hacía a mi hermano y a mi cuando éramos pequeños, y quién tuviese su talento.

Por suerte, mi hermano y yo no hemos tenido que compartirle nunca, y eso ha hecho que tenga tantos recuerdos a su lado que ni siquiera me acuerde de todos. Y eso es un regalo maravilloso que me ha dado la vida.

Así, en resumen, ese es mi abuelo. Ese que sigue en el hospital ingresado y que cuando vas a verle, no para de hacerte reír, de hablar contigo, de pedirte que le pases alguna foto vieja de las que mi madre le llevó el otro día para contarte alguna de las batallitas de adolescente de la posguerra. Ese es. Y tras ochenta y tres días de cuarentena, tengo miedo. Mucho miedo. Porque me he dado cuenta de que cada día que pasa, es un día menos que me queda por pasar al lado de mi abuelo.

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