Historias con Inicio “C”: Padre

Ana Martínez

Día sexagésimo primero de la cuarentena. Empiezo a estar bastante preocupada por mi padre.

Ya os he hablado de él en otras ocasiones, sobre todo al principio, cuando os conté que le habían mandado al hospital, que era médico de prevención de riesgos laborales y todas esas cosas.

El caso es que este último mes, tengo la sensación de que empieza a llegar al límite de sus capacidades. Supongo que como él estarán casi todos sus compañeros, sobre todo los que trabajan directamente con enfermos del bicho. Pero me preocupa en especial porque está haciendo dos, tres, cuatro días a la semana jornadas de doce o catorce horas. Y eso, cualquier persona que haya trabajado, sabrá que es insostenible, sobre todo en sitios que exigen mucho físicamente, pero también mentalmente. Y más si tienes la edad de mi padre, que no es que sea precisamente un abuelo, pero con casi 57 años, empiezas a notar la falta de energía.

No sé cuánto va a aguantar así, y no sé cuánto voy a aguantar yo viéndole así. Llega a casa. Saluda con una sonrisa cansada. Deja su maletín en el estudio y va a la cocina a quitarse los zapatos. Se limpia las manos con desinfectante, abre la nevera, coge una cerveza y se sienta en una de las sillas, sólo. Apoya la cabeza contra la pared que tiene justo detrás, cierra los ojos, y suspira. Aún ni siquiera ha abierto la cerveza. Yo suelo aparecer cuando oigo que abre la lata. Ahí, entro, le doy un beso en la cabeza y me siento con él en silencio. Intento que me cuente cosas sobre lo que ha hecho a lo largo del día, que se desahogue, pero está tan cansado que casi no le salen las palabras. Le acerco unas patatas fritas y el me sonríe y se levanta para asomarse por la ventana. Es entonces cuando le abrazo por detrás. No digo nada y él tampoco. Nunca ha sido hombre de muchas palabras, pero es la única forma que conozco de intentar que se sienta un poco mejor. “Te quiero mucho, princesa”, es lo que me dice siempre cuando se gira y me da un beso en la cabeza. “Yo te quiero más, papá”, contesto mientras le abrazo más fuerte aún. Y así todos los días.

Y cada día que pasa, le noto más cansado, más harto, más seguro de que si hay una segunda ola, el sistema sanitario no aguanta. Pero no va a aguantar porque colapse, sino porque los que van a colapsar son ellos. Enfermeras, médicas, celadores, personal de limpieza. No pueden más.

Y luego, yo leo en los grupos de mis amigos como algunos proponen quedar para dar un paseo. Me asomo a la calle, y veo a cinco o seis chavales jugando al fútbol mientras los padres hablan bien juntitos. Salgo a dar una vuelta con mi madre, a caminar por el campo, y muchos, que no llevan mascarilla no hacen absolutamente nada por tratar de mantener la distancia de seguridad.

Y hay quien pretende que no me enfade. Como diría el Robe, Iros todos a tomar por culo.

Hoy, en este sexagésimo primer día de la cuarentena, he escuchado que la puerta de casa se cerraba a las 7:30 de la mañana. Son las 20:30 y estoy preocupada, porque sigue sin aparecer él. Mi héroe. Mi padre.

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