Artistas que digan la verdad

Manuel Sastre

Los últimos días he estado leyendo la novela Pulp, de Charles Bukowski. Mi relación con el viejo beodo es conflictiva. Es aburrido, seco, directo. Descarnado, desvergonzado y sobrio (en el estilo literario, no en su vida personal). Es la primera novela que leo del escritor y la última que publicó, poco antes de morir. También es una de las más atípicas. Parodia la literatura de las revistas pulp o pulp magazines. Para explicar de qué se trata, quizá lo más fácil es acudir a la etimología. Pulp hace referencia a la pulpa de la madera con la que se fabricaba un papel amarillento y de baja calidad. No digo por ello que fuese buena o mala literatura, pero estaba pensada para usar y tirar. En ellas se podía encontrar horror, suspense, fenómenos paranormales, erotismo y cualquier cosa que vendiera.

Por lo demás, casi toda la obra de Bukowski (era la alegría de la huerta) se centra en lo mismo: historias autobiográficas en las que cuenta como bebía, fumaba, se masturbaba o vomitaba (entre otras cosas desagradables). Sumido en lo que quiso ser: un fracasado. Y mirando con cariño a los raros, los locos, los solitarios y los alcohólicos. Páginas repletas de novelas y poemarios protagonizados por Henry Chinaski, su Álter Ego.

Para algunos, un revolucionario que se reía de los valores de una sociedad decadente. Para otros, un borracho aburrido y depresivo que se niega a intentar mejorar. Para sus adeptos, Bukowski describe sin tapujos cómo es tocar fondo. “La verdad es aburrida”, decía.

Para mí, es un mentiroso. No digo que no me guste su literatura. Por lo general prefiero a los escritores que van al grano (y en esto no hay quién gane a Bukowski), y además Pulp es una de las novelas con las que más me he reído, gracias a su sentido del humor negro y sin contemplaciones. Pero hay algo en él que no tolero.

En su poema Así que quieres ser escritor, insiste: “Si tienes que sentarte durante horas / con la mirada fija en la pantalla del ordenador / o clavado en tu máquina de escribir […] Si te cansa sólo pensar en hacerlo, / no lo hagas”. Romantiza la poesía y el trabajo del escritor. Sabe que no es así. Sabe que, para ser escritor, no se necesita un folio en blanco, ni cuentos de musas e inspiración, sino lectura, aprendizaje, dedicación, talento y una pila de folios arrugados en la papelera.

En El incendio de un sueño, poema en el que relata la quema de la biblioteca en la que leyó a tantos escritores clásicos, dice: “yo pasaría décadas enteras / viviendo y escribiendo / antes de poder / plasmar / una frase que / se aproximara un poco / a lo que quería / decir”. En Cómo ser un gran escritor, reza así: “consigue una buena máquina de escribir / y mientras los pasos van y vienen / fuera de tu ventana / dale duro a esa cosa / dale duro”.

Se identificó como alguien que se atrevía a contar la verdad. Justificaba lo aburrido de su obra con la sinceridad. Y mentía como un bellaco. No me suele importar que me cuenten fantasías en los libros, esa es la gracia de la ficción, pero cuando alguien contradice sus principios artísticos tan descaradamente, consigue sacarme de la obra, romper el pacto tácito entre lector y escritor.  Consigue que no me lo crea. No pretendo poner normas en el arte, pero citaré una máxima de García Márquez, con el que también tengo una relación conflictiva: “un escritor puede escribir lo que le dé la gana siempre que lo haga creer”.

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