¿Se habla español en la publicidad?

Miguel Á. del Corral Domínguez

No soy yo especialmente beligerante contra los extranjerismos ni tampoco contra los anglicismos en particular. Aunque soy hispanista (cuestión de formación e inquietudes intelectuales), me gustan los idiomas, el inglés y el francés especialmente, y en el caso del primero me gusta mucho especialmente en música, a pesar de que soy asimismo muy partidario de quienes luchan por seguir llegando al público cantando en castellano, algo que admiro y alabo muchísimo. Infinitamente.

Siempre digo que la lengua es un río en cuyo caudal vierten sus aguas muchos afluentes y, en consecuencia, una lengua se nutre y se alimenta y por ello crece en la medida en que es capaz de acoger y asimilar vocablos procedentes de otros idiomas. La integración fortalece una lengua y es precisamente el mestizaje lo que hace vigorosas a las lenguas.

Instituciones como la RAE son las que se encargan de adaptar los extranjerismos a las convenciones de nuestra lengua y, por ende, de convertirlos en préstamos, pero son, en último término, los hablantes quienes tienen la última palabra. ¡Y nunca mejor dicho! Pues como decía S. Gutiérrez Ordóñez, la lengua es pura democracia. Y por ello ya decía el maestro Alarcos que había que forrarse de escéptica cautela pues a veces la RAE propone la adaptación de un término pero los hablantes –y escribientes– pueden optar por seguir utilizando la forma cruda, el extranjerismo crudo, que puede pasar a ser el de mayor uso haciendo caso omiso de las recomendaciones de la Docta Casa. Sirva de ejemplo el célebre caso de la palabra whisky para la que la RAE propuso la grafía güisqui, pero esta nunca cuajó y los usuarios del idioma, únicos dueños de él, prefirieron seguir con la grafía cruda de whisky, así que aunque convenga atenerse a los criterios de la RAE por cuanto suelen estar bien fundamentados, es siempre la comunidad de hablantes la que acaba imponiendo con su uso la forma preferida. Igual pasó con fútbol, adaptación española para el anglicismo football que acabó desplazando al término balompié, vocablo que casi nadie usa, salvo el Betis que en su nombre lo lleva inscrito (Real Betis Balompié). Otro tanto ocurrió con la palabra élite que se introdujo en nuestro idioma y la RAE la adoptó con pronunciación llana, grave o paroxítona, elite (eLIte) pues en francés -como decía un antiguo profesor mío-, aunque todas las palabras tengan pronunciación aguda u oxítona, e final sin acento (sin tilde) no suena, pero como durante mucho tiempo circuló la grafía con la tilde en la primera e, la gente empezó pronunciándola como esdrújula y esa pronunciación tuvo tal difusión y profusión que fue la que acabó imponiéndose, y la RAE, que también la admitía, acabó considerándola como la forma preferible porque era la que había triunfado entre los hablantes, así que todo depende de la forma o el uso que ‘cuaje’ entre los usuarios porque, reitero, como decía Gutiérrez Ordóñez, que nada hay más democrático que la lengua cuyos usuarios, por acuerdo tácito y de manera convencional, acaban imponiendo en virtud del uso las opciones que desean.

¿Hay que aceptar gustosos los extranjerismos u oponerse ferozmente a ellos como hacen algunos cenizos temerosos de la invasión ingente y masiva de términos foráneos? Pues hay que aceptarlos con mentalidad abierta y afán y espíritu integrador porque precisamente lo que mantiene vivas a las lenguas es su capacidad de integración, de adaptación y de inclusión. Siempre han existido corrientes conservadoras intentando salvaguardar la supuesta pureza de la lengua –algunos pensaban que se había llegado al máximo grado de pureza con la Gramática de Nebrija, antes incluso de que se concibiera la literatura del siglo áureo o de que se escribiera el Quijote-, siempre han existido esos intentos puristas o casticistas en defensa de lo autóctono pecando de una mentalidad cerril, encerrada en sí misma, que no suele ser positiva, sino contraproducente, porque lo que hace fuerte a una lengua es su capacidad de asimilación al mezclarse con otras y es precisamente el mestizaje el que, como he dicho antes, hace vigorosas a las lenguas. Además, los hispanohablantes hablamos latín del siglo XXI que es eso y no otra cosa nuestra lengua castellana –hiperbólicamente hablando, claro está-, pero repleta de términos procedentes de otras lenguas, aunque, generalmente, el hablante medio las considera tan suyas que desconoce su procedencia u origen porque no es habitual que un individuo se interese por la etimología de una palabra. Pero nuestro acervo léxico no solo es el heredado, sino también el adquirido (al que habría que añadir el multiplicado mediante la formación de palabras: composición, derivación, parasíntesis, siglas y acrónimos). Y es que cuando hablamos de ‘guerra’ estamos usando un vocablo de origen germánico, cuando utilizamos la palabra ‘alcalde’ o ‘zaguán’ estamos usando vocablos de origen árabe, cuando recurrimos a términos como ‘soneto’ o ‘partitura’ estamos tratando con italianismos, y cuando se trata de ‘chalé’ o ‘restaurante’ con galicismos igual que cuando hablamos de ‘bar’ o ‘fútbol’ tiramos del hoy omnipresente inglés -es más, algunos chavales consideran hoy fútbol un término plenamente castellano hasta el punto de desconocer su origen inglés, procedente de football que no asocian ni a pesar de estudiar también la lengua de Shakespeare– y por eso digo y no me cansaré de repetir hasta la saciedad que la lengua es ese bello río manriqueño en cuyo caudal (léxico) vierten sus aguas muchos afluentes y por eso hay que acogerlos con mentalidad abierta, espíritu integrador e inclusivo, con espíritu ecléctico y no cerril.

Ahora bien, cosa distinta es el uso indiscriminado de extranjerismos no de forma natural y espontánea, sino con la afectación propia de quien cree mejor (más guay, más cool, nunca mejor dicho) el uso de términos foráneos por un simple esnobismo propio de ese pijerío con mucha tontería encima que lo único que muestra es una pobreza léxica tremenda inundando sus paupérrimos decursos lingüísticos con extranjerismos por doquier como si el término extranjero le diera un mayor estatus o una (falsa) pátina de superioridad, muchas veces incluso incurriendo en incorrecciones porque ni siquiera son bien empleados (no hace falta aludir a aquella presidenta de la Comunidad de Madrid que aun revestida de chulapa cañí o castiza no perdía oportunidad de presumir de la anglofilia exacerbada que profesaba -y lo dice alguien como yo, musicalmente anglófilo [también hispanófilo eh] y entusiasta beatlemaníaco-) pero eso no es fruto de la natural interrelación lingüística que enriquece a los idiomas, sino simple consecuencia de las modas, de lo que se ha venido en llamar ‘postureo’, en definitiva, hay quienes recurren al extranjerismo de manera absurda como consecuencia de ese esnobismo plagado de cursi y artificiosa afectación jactanciosa que podríamos resumir como simple y llana estupidez. Pero eso es ya otra cosa, y es que, como decía Einstein: Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.

Como decía Lázaro Carreter, pensamos con palabras, de ahí que si se empobrece el lenguaje, se empobrece el pensamiento, y por tanto, es insoslayable la importancia de cuidar ese bien tan preciado, que es nuestro idioma, que, a su vez, es nuestro patrimonio común más consistente y, por tanto, es una pena desechar o desterrar al cajón del olvido la inmensa riqueza léxica de que disponemos y que posee la lengua española, pero ese caudal no está reñido con las aguas vertidas por esos otros afluentes que son los demás idiomas y es que la interrelación idiomática nos enriquece y la capacidad de apertura al exterior, de adaptación y asimilación, pero sobre todo de integración es lo que fortalece una lengua.

Por eso digo que no soy en modo alguno purista ni casticista ni mucho menos dogmático, y creo que hay que tener mentalidad abierta y que la acogida de términos de otros idiomas por parte de una lengua la fortalece siempre que no se caiga en absurdos y ridículos esnobismos. En cualquier caso, la RAE ha realizado, en este sentido, un fantástico vídeo (obviamente, gracias a la colaboración con la Academia de Publicidad, pues creo que el vídeo parte de la Agencia Grey), no exento de humor, donde refleja el abuso de anglicismos en el ámbito publicitario y lo hace de una manera ingeniosa y divertida e incluso transgresora, algo que, curiosamente, no ha sido habitual por parte de la Docta Casa (aunque sea gracias a otras entidades), así que, en esta ocasión, la felicitación sí que está más que justificada pues, con independencia de la opinión que se tenga al respecto, desde el punto de vista publicitario, el vídeo es sencillamente genial. Podríamos decir, si se me permite la eutrapelia (del griego -broma amable-) que la RAE (¡por fin!, apostillarán algunos) ha llegado a la posmodernidad. O incluso a la metapostmodernidad. Ya no hará falta, entonces, rubricar de nuevo los muros de la Real Academia miccionando en una de sus paredes como, una noche –igual que habían perpetrado años atrás otros poetas del 27-, hicieron Alberti –el gran Dámaso Alonso le insistió mucho en que ingresara-, Sabina y algún otro pícaro rapsoda o loco trovador que andaba con ellos, volviendo de farra y con una chispa en sus ojos etílicamente vivarachos, en que marcharon a hurtadillas a la calle de Felipe IV para profanar la tapia y la acera con esa sui generis promesa de no admisión consistente en expeler el líquido elemento excrementicio de color amarillo cetrino secretado en los riñones y expulsado por la uretra. Entrañable travesura de inolvidables bohemios como las muchas otras curiosidades que relataba Jesús Marchamalo en 39 escritores y medio (con ilustraciones de Damián Flores, editorial Siruela).

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