SANANDO MIEDOS (Relatos de intervenciones asistidas con animales)

Juanra del Campo.

Empezábamos nuevo curso y proyecto ese año y teníamos un par de grupos nuevos de alumnos. Y aunque siempre pedimos que nos acompañe en nuestras sesiones un profesional del centro, que conoce perfectamente a los usuarios y sus características, acostumbramos a  solicitar información previa sobre las personas con las que vamos a trabajar. En los proyectos a largo plazo; los que duran unos cuantos meses, es natural que acabes conociendo a todos los participantes con los que trabajas, pero cuando estás empezando, tener algo de información extra, sirve de mucha ayuda.

Pues bien, en esos informes que el centro nos facilitaba, venía recogida la información a grandes  rasgos, de las personas que iban a ser partícipes de la sesiones de IAA. Nos llamó la atención que uno de los chicos, le llamaremos Santiago, presentaba miedo a los perros. Cierto es que tras unos años haciendo esto nos hemos encontrado algunos casos de inseguridad respecto a los cánidos, pero nada fuera de lo normal, nada que no se normalizase tras una o dos sesiones de gratificantes momentos en compañía de estos animalillos. Así que pensamos que sería sólo un ligero contratiempo a la hora de desempeñar nuestras funciones. Si fuera un miedo atroz no estaría incluido en el grupo supusimos…

Aquel primer día para nosotros, nos dirigimos al aula habilitada para nuestras intervenciones. Allí nos esperaba uno de los grupos. Estaban todos ya sentados en sus sillas, colocadas estas  en semicírculo, como suele habitual en nuestras sesiones. Nada más entrar con los perros, uno de los chicos emitió un chillido agudo y saltó encima de una de las mesas que se hallaban detrás. Al resto de sus compañeros la situación les pareció cómica y estallaron a reír. Nosotros nos detuvimos en seco y nos miramos sorprendidos, creo que incluso los perros se quedaron estupefactos. Ese debe de ser Santiago pensé… la situación era nueva para mí.

Evidentemente resolver la papeleta no fue fácil. Con ayuda de la profesora que nos acompañaba logramos calmarle parcialmente y Santiago accedió a bajarse de la mesa y ocupar de nuevo su silla. El caso de Santi era especialmente particular, porque albergaba una lucha interna entre el miedo que le suscitaban los perros y la curiosidad extrema que sentía por ellos. Pedía insistente tocar a los perros, pero en el momento que uno se acercaba, se alteraba y teníamos que retirarlo de sus inmediaciones. Cada poco se levantaba de la silla y te agarraba fuertemente del brazo en un intento de aumentar su sensación de seguridad, mientras estiraba el otro brazo tembloroso hacia el perro. Era un quiero y no puedo, un amor-odio,  las dos caras de la moneda interactuando al mismo tiempo… una locura.

Al final, aquel primer día, logramos que tocara a uno de los dos perros. Solo a uno de ellos. La labradora de color dorado casi blanca fue su elección. Le pareció más fiable. A Horus no le quiso tocar, era el más grande y seguro de los animales y además y en palabras de Santiago “era de color negro”.  He de decir a modo de explicación, que los humanos inconscientemente y de forma más primaria, asociamos los colores oscuros a niveles más altos de agresividad en contraposición a los colores claros que nos resultan más confiables, algo que por supuesto, en realidad no tiene relación alguna. Por lo que tampoco nos resultó demasiado extraño su comentario.

Conseguimos que tocara a la perra solamente el lomo por la parte trasera. De manera que la cabeza del animal estuviera lo más alejado posible de él. Fue la única forma de que ambos estuvieran en contacto. La primera vez, retiró rápidamente la mano y se quejó de que la perra se había movido, pero acto seguido estaba estirando de nuevo el brazo para tocar tímidamente el pelaje de nuestra amiga. Sentimos satisfacción y en cierto modo realización. Para nosotros este tipo de cosas son muy emocionantes.

Sabíamos que  aquello era suficiente para el primer día y no forzamos más la situación. Con el paso de las sesiones, Santiago, que aunque nunca se relajó al 100%, fue capaz entre otras cosas de peinar y cepillar a Horus aunque solamente mediaran entre sus caras unos pocos centímetros.
La conversión de Santiago fue un proceso lento pero continuo y a buen seguro que resultó ser una mejora en su seguridad y su autoestima. Sin duda, algunos de los beneficios más explícitos que surgen a través del trabajo y el contacto con perros y una razón más para darlo a conocer.

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