Pensamientos póstumos a modo de epílogo

Irina Haran.

Abro los ojos. Estoy subiendo unas escaleras. Cuento los peldaños 1,2,3,4… Al poco tiempo pierdo la cuenta al ver una mancha de aceite en mi camiseta, seguramente de la ensalada que comí al mediodía “siempre me mancho comiendo, eso no cambia nunca” pienso mientras continúo subiendo y una leve pero vacía sonrisa aparece en mi rostro.

Cierro los ojos. Me encuentro en una calle oscura. Es de noche. Llueve ligeramente y estoy rodeada de una fina capa de humo. “¿Estoy fumando? Sí, estoy fumando”. Hace tiempo que perdí aquella bonita costumbre de salir a la calle mientras llueve y fumarme un cigarrillo, paseando con la única compañía de mis auriculares. Gente que se cruza conmigo sin siquiera mirarme. Que infelices parecen todos… Miro a los transeúntes con desprecio y agacho la cabeza. Una gota se desliza desde mi frente hasta mi nariz, y luego emprende una larga caída hasta el suelo.

Abro los ojos y sonrío. Ya estoy arriba. Camino hacia delante, observo la ciudad desde la azotea del edificio y me siento en el umbral de la muerte. Sin miedo. Sin dudar. No quiero seguir en este mundo.

Vuelvo a cerrar los ojos y pienso si aquél chico del que me enamoré por primera vez se acordará aún de mí. Si sabrá siquiera cuál es mi nombre. ¿Enamorarse? ¿Qué estoy diciendo? ¿Qué es el amor? ¿No es el amor otra cosa que la obsesión por responder a los instintos sexuales de una persona mezclando nuestro yo salvaje con la razón?. No lo sé. Hice bien en abandonar aquel afán de saber. No dejé de estudiar, pero sí de aprender. Caí en el más oscuro escepticismo. Dejé de creer en todo cuanto creía. ¿Qué iba a saber yo? Una simple mortal, ingenua, una humana. No, lo cierto es que dejé de ser humana a una edad muy temprana. Odio a la gente. Odio la guerra. Odio la paz. Odio al propio odio. Lo cierto es que me odio a mi misma. Probablemente si hubiera encontrado a alguien igual que yo le habría odiado más que a ninguna otra persona. No quiero volver a morder el suelo. “Morder el suelo” sonrió amargamente. El único comentario sobre ésta situación. Siento una suave brisa acariciando mi cara, pero me niego a abrir los ojos. No quiero volver a la realidad. Recuerdo por un momento aquél sentimiento de pesimismo visionario que por desgracia, conforme pasaban los años, se quedó simplemente en pesimismo. Con los años fue cesando la brisa de cambio, apagándose la llama de la revolución en mi interior, cada vez más convencida de que la única libertad que tiene el hombre es la de morir.

El óxido se apoderó de mi corazón hace ya tiempo. Intenté abandonar el sufrimiento de no saber. Dejar atrás el ansia de conocer. Intenté ser una ignorante como cualquier otro peatón corriente, pero eso sólo empeoró las cosas. Una sombra se apoderó de mí y desde entonces no he conseguido iluminarme, aunque tampoco lo he intentado. Perdí la fe en un futuro mejor para mí.

La brisa ahora es más fuerte que antes. Abro los ojos y los cierro de nuevo al ver el suelo acercándose hacia mí, y recuerdo, como último recuerdo esa frase de aquella canción que escuchaba en mi juventud quién sabe de que autor: “Ayer el cielo fue profundamente negro”.  

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