LA INUNDACIÓN DE MI ISLA INDELEBLE

Tenía tantas ganas de crecer que la inundación fue inevitable.

La improbable realidad de mis dedos en las teclas y las teclas en mis dedos, conjunción que al fin se produjo.

El levísimo resplandor de mi pretérito imperfecto y mi condicional lleno de hipótesis.

La vergüenza de los principios en un mundo que no había visto nunca y una lengua que sólo imaginaba.

El llegar a la calle y sentirte extranjero y no volver de noche nunca a casa.

El hecho de juzgar este país por los malditos prejuicios, siempre detrás de mi mirada inocente.

Ahora soy una chica desierta, una isla indeleble. Ahora pienso en algo cínico y se apagan los pasos y mi habitación se enciende.

Me gusta el hecho del fuego, el hecho de hay cosas que también se mueren.

No pienso más que mi habitación con vistas, a los aviones que traspasan mi ventana, de izquierda a derecha.

Cada cinco minutos.

Cohetes, fuegos artificiales estallando en mil pedazos y rompiendo cada uno de mis ojos y mis huesos.

Una bandera de tres colores que un día quiso teñir el mundo.

Ojalá nunca hubiera tenido que hacerlo.

Ya sólo entro en antros donde la gente se sube a las mesas para patentizar su presencia.

En autobuses donde la gente parece despedirse del mundo.

En cada esquina hay un creador, un habitante de la generación perdida que sólo sabe dónde se encuentra, nunca dónde encontrarse.

Camino despacio por estas calles a veces algo sucias y ya no sé muy bien quién soy. Soy una chica desierta en una isla indeleble.

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Cristina Ballesteros.

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