Intervenciones asistidas con animales (Relatos para esclarecer)

Juanra Del Campo.

No era la primera vez que acudíamos a aquel centro, habíamos estado otros días anteriormente para establecer las condiciones y pautas de nuestro trabajo, pero sí era la primera sesión que realizábamos allí. Para los perros, el sitio era completamente nuevo.

Cuando llegamos a la sala que habían habilitado para la intervención, nos encontramos a los participantes de la terapia ya sentados y preparados, algunos de ellos, esperando con cierta ansiedad el momento de tocar a los animales. La terapeuta del centro nos comunicó que estaban todas las personas previstas salvo Mª Luisa (nombre ficticio), que no había querido asistir. Por lo visto, tenía uno de esos días cruzados en los que a todo le daba una respuesta negativa y se mostraba de peor carácter. Me hizo entender que quizás la próxima semana tuviéramos más suerte con ella. Sin embargo, me ofrecí para ir a buscarla en compañía de Celta, un cruce de pastor australiano que desprende mucha simpatía, y les pareció buena idea. Al fin y al cabo funciona 8 de cada 10 veces.

Cuando llegamos al lugar donde se hallaba Mª Luisa pude advertir rápidamente que no se encontraba de muy buen humor y que de primeras no se mostraría demasiado accesible. Aunque percibió instantáneamente la presencia de la perra y le dedicó una mirada intensa y curiosa cuando esta comenzó a aullar cómicamente.

No me lo pensé demasiado y decidí ir a por todas y rezar para que Celta obrase su magia. No me detuve en hacer presentaciones, simplemente me acerqué y le pedí a la perra que subiera sus patas delanteras sobre la silla de ruedas. El rostro de Mª Luisa pasó del enfado a la sorpresa y de esta a la satisfacción en cuestión de segundos. Extendió los brazos instintivamente y le propinó un abrazo al animal. El cambio fue radical. Seguidamente me presenté y le pregunté si quería venir conmigo y Celta a hacer unas actividades y si le importaba llevar ella a la perra hasta la sala. Para sorpresa de las trabajadoras del centro que me acompañaban, Mª Luisa accedió enérgicamente y asió la correa de la perra sin que se la ofreciéramos y sin dejar momento a la duda nos pusimos en camino.

Lo que para los trabajadores del centro aquel día hubiera sido un imposible, un animal lo había logrado en cuestión de segundos. Esa es precisamente una de las fortalezas de este tipo de intervenciones. Los animales, en este caso los perros, tienen un poder de atracción especial. Se convierten sin duda en el mejor motivador. En esa chispa que consigue que lo que pudiera ser una terapia convencional, se convierta en algo diferente en lo que apetece participar.

He de decir que Mª Luisa no sólo participó activamente de aquella sesión, sino que a partir de aquel día comenzó a asistir al resto de terapias y actividades que preparaban habitualmente para ella y sus compañeros. Hecho por el que siempre nos mostraron agradecimiento desde el centro. Sin duda su perspectiva y su actitud habían cambiado notablemente.

Existen infinidad de formas de describir o definir lo que son las intervenciones asistidas con animales. Sin embargo, con los años he aprendido que las intervenciones son la mejor forma de trasmitir y demostrar que es a través de esta descripción de las vivencias personales y de las emociones que envuelven a las mismas. Motivo por el cual os he acercado hoy a la pequeña historia de Mª Luisa y Celta.

Aunque he de decir sinceramente, que no hay mejor forma de entender en qué consiste todo esto, que poder asistir y experimentar la magia y los cambios que se generan a través del trabajo con animales por uno mismo.

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