El valor de lo que no tiene precio

Queremos seguir creciendo, por eso es nuestra intención que los estudiantes o profesores de la UBU nos vean como un sitio de referencia donde volcar las opiniones y el trabajo académico de forma libre y diferenciada. Por ello, comenzamos la publicación de diversos artículos de carácter mas académico de un ex-estudiante del grado en Español, Miguel Á. del Corral Domínguez, en este nos explica su visión de la Cultura, sin más preámbulos, aquí lo tenéis:

El VALOR DE LO QUE NO TIENE PRECIO

Miguel del Corral Domínguez

No es una sorpresa para nadie que nos encontramos en momentos convulsos y en un mundo lleno de incertidumbre –más acusada si cabe entre los jóvenes- donde los cambios constantes y las deficiencias de un sistema inherente al entorno globalizado, aun con su parte positiva –como la comunicación inmediata y la interconexión a niveles nunca antes imaginados-, tienen asimismo consecuencias muchas veces poco deseables.

Hace escasos días, mi admirado Salvador Gutiérrez Ordóñez, catedrático de Lingüística General de la Universidad de León, académico de la RAE, discípulo aventajado de Emilio Alarcos Llorach y unos de mis grandes referentes, afirmaba que “el arrinconamiento de las Humanidades constituiría un delito de lesa humanidad”. El gran sabio del idioma, al que yo ya seguía incluso antes de que ingresara en la Docta Casa, mostraba una vez más su firme compromiso con las Artes, las Humanidades y, en definitiva, la Cultura denunciando la postergación y el desprecio del ámbito humanístico en el sistema educativo que sería –o será, ojalá que no- de devastadoras consecuencias. No creo que sea necesario mencionar el rosario de auténticos dislates cometidos en nuestro maltrecho sistema educativo en los últimos años llegando al más exacerbado despropósito con la ley impulsada y perpetrada por el inefable exministro Wert.

aaaSin duda, Gutiérrez Ordóñez recoge las más espléndidas virtudes del caudal histórico del que bebió nuestra más insigne intelectualidad, especialmente de aquella vertiente krausista, luego tan injustamente denostada (al menos por algunos adheridos al más rancio tradicionalismo o a sectores integristas anclados en tiempos pretéritos de lúgubre recuerdo), que luchaba por la extensión y la revalorización de la cultura, de la ciencia, del enriquecimiento intelectual que es lo que nos hace más auténticamente humanos. Como decía Jacinto Benavente, la cultura es la buena educación del entendimiento, y –añado yo- va ligada a la tradición del ideal humanista como motor de progreso de la sociedad. Es un lujo que aún podamos contar con tan bondadosos humanistas como Gutiérrez Ordóñez, mentes brillantes y nada jactanciosas, personas humildes pero de brillante cultura y vastísimos conocimientos que continúan la senda de aquellos hombres buenos a los que se refiere, por ejemplo, Arturo Pérez Reverte en su novela homónima: “En España, en tiempos de oscuridad, siempre hubo hombres buenos que, orientados por la Razón, lucharon por traer a sus compatriotas las luces y el progreso. Y no faltaron quienes intentaban impedirlo”. Aprovecho para hacer constar que precisamente la novela Hombres buenos cosechó magníficas críticas. Hasta diarios como La Republica llegaron a decir: «Hay un escritor que se parece al mejor Spielberg más Umberto Eco. Se llama Arturo Pérez-Reverte».

Sin embargo, estamos en un tiempo en que la cultura es sistemáticamente devaluada quizá porque no se ha educado en el gusto por la cultura y de todo ello se derivan y se derivarán las funestas consecuencias de todos conocidas o fácilmente imaginables. Se antoja imprescindible una serena reflexión si queremos cambiar esta situación tan implacablemente inserta en nuestra sociedad y ante la que surgen resistencias enormes opuestas al cambio (que, claro está, nunca vienen del lado de la ciencia o de la cultura). Desgraciadamente, se ha convertido ya en un cliché o en un tópico la situación dramática de muchos jóvenes abandonando su tierra, no por voluntad propia ni deseo ansiado de traspasar las fronteras, sino obligados por las adversas circunstancias que les rodean y atenazan. Se repite, tantos años después, la terrible escena descrita –con su cautivador lirismo- por los alejandrinos de uno de nuestros mejores poetas, Antonio Machado: Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares; / la tempestad llevarse los limos de la tierra / por los sagrados ríos hacia los anchos mares; / y en páramos malditos trabaja, sufre y hierra.

Lo dijo el propio Gutiérrez Ordóñez a finales del año 2012 cuando fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca: “Cuando buscamos una explicación racional e inteligible, quedamos confusos ante una tormenta de explicaciones que siempre terminan acudiendo a una divinidad insaciable: el dios de los mercados. La explicación real es con frecuencia mucho más simple y se debe a muchas asimetrías en la asignación de responsabilidades. Por ejemplo, cuando un individuo o una empresa no pueden hacer frente a sus deudas ante los bancos, han de pagar con embargos, con la ruina o con la cárcel. Así lo prescribe el catecismo liberal. Pero cuando los bancos se arruinan, pagamos los mismos, incluso con derechos fundamentales como la salud y la educación”.

Cómo no iba a estallar la indignación ante semejante situación. Por eso es tan importante fomentar el espíritu crítico y denunciar todo aquello que nos afecte como humanos y comprometa nuestro presente y nuestro futuro pues, de lo contrario, como dijo el insigne vasco salmanticense Unamuno en palabras de amplias resonancias y cuyo eco parece cobrar hoy más sentido que nunca: A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quizá por eso muchos ansían –y se dedican con inusitado denuedo a conseguirlo- el arrinconamiento, cuando no desaparición, de las Artes y las Humanidades.

Esto se puede traducir –y se traduce de hecho- en una devaluación social, y así todo el mundo conoce casos de artistas, de músicos a los que se ofrece tocar en un establecimiento sin retribuirlos por el concierto con el ardid de que ello les permite darse a conocer –incluso aunque sean ya conocidos y sea el establecimiento quien se beneficie de la audiencia que le reporta dicho espectáculo- y lo mismo con dibujantes o pintores con la estratagema de dar a conocer su obra en tal o cual sitio sin remuneración. También se piden favores –y no hablo entre intimísimos amigos donde sería entendible-, por ejemplo, a quien domina una lengua extranjera con objeto de que realice una traducción o se propone que haga una corrección a alguien profundamente versado en cuestiones gramaticales pero sin intención de recompensar por ello. Incluso se dan casos de quienes pretenden recibir alguna clase particular pensando que, quizá, se haga de una forma totalmente altruista. Nada pasaría si fueran casos aislados, pero a veces parece convertirse en una tónica habitual, y por muy placentero que sea –que lo es- para aquellos que tenemos vocación docente o para aquellos dotados de virtudes artísticas, no parece de recibo que cualquier actividad que requiera esfuerzo intelectual o artístico no sea remunerada contribuyendo a su devaluación. ¿Alguien se imagina que una persona tras coger una barra de pan o un par de zapatos no pagase por ellos con la excusa de que al llevar cualquiera de estos elementos por la calle va a hacer publicidad de ellos, por lo que, en teoría, podían darse por recompensados los proveedores de tales bienes? Sin embargo, parece que con el ejercicio intelectual o el despliegue artístico sí se puede hacer. Y quizá ya va siendo hora de devolver a su altar el valor de lo no tiene precio pero porque es lo más preciado de todo y sería imposible mantenerlo sin su justa recompensa o retribución, como la Cultura, en el amplio sentido de la palabra.

El gran Carlos Mayoral (gran articulista, conocido para muchos probablemente como La voz de Larra) suele hacer bromas respecto de la filología mostrando fotografías donde hay dos o más personas, una de las cuales aparece en triste soledad, para luego preguntar retóricamente: ¿Quién es el filólogo? O directamente para señalar al resignado solitario como ese pobre filólogo. No es sino una simpática muestra muy reveladora y rebosante de humor en la que subyace una realidad atenuada por la necesaria retranca y ese ácido humor corrosivo tan inteligente con que nos deleita dicho autor tanto en diversas publicaciones como en redes sociales. Ya sé que no faltarán quienes digan que quizá algunos somos tan intelectuales porque carecemos de habilidades para trabajos manuales y somos terriblemente torpes para cualquier trabajo técnico, ejercicio físico u oficio similar (quizá una forma de declararnos inútiles como se hacía antaño en la mili), y solo tenemos sobradas aptitudes en el ámbito de estudio académico, la escritura, la enseñanza…, pero, aun así, resulta inconcebible ese desprecio que se ha hecho, en algunos sectores, tan tristemente habitual. Quizá también tenga algo que ver la prostitución de cierto léxico y de ciertas ideologías por espurios intereses que a ninguna persona con cierta sagacidad se le escapan. Por desgracia, es lo que ha ocurrido con el término –tan terriblemente prostituido- liberal. Porque muchos reducen liberalismo a mero capitalismo (liberalismo económico), y se olvidan de que el verdadero liberalismo es, ante todo, político: separación de poderes, independencia judicial, igualdad ante la ley, y muchos que se autoproclaman ufanos liberales poco o nada tienen que ver con la tradición de Montesquieu o Locke que es la que yo siempre quise reivindicar, en contextos muchas veces poco fáciles, frente a conservadurismos casposos, sectores democristianos rehenes de la peor tradición nacionalcatólica pero también frente a espeluznantes anarcocapitalistas amantes del mercado que gustan de rendir pleitesía al mundo de las finanzas aunque se desangre la sociedad con crudelísima pobreza como si esta fuera provocada siempre por la ineptitud de vagos y haraganes cuando para nada es así. Y es que algunos creen que ser liberal es solo libre competencia… y educar para la competencia es terrible porque la competencia es siempre el inicio de cualquier guerra.

Solo pueden provocar hilaridad tales liberales igual que la producen esos que se dicen nacionalistas pero que únicamente se han envuelto en banderas para satisfacer ambiciones personales revelándose como lúgubres personajes que iban de patrioteros con delirios de grandeza e indigestiones de mala historia y que hacían patria teniendo cuentas en Suiza -como se ha demostrado- mientras conculcaban derechos o alentaban tratos discriminatorios y políticas antisociales asestando duros hachazos a sus conciudadanos intentando alienarlos cual si fueran mansurrones rebaños gregarios. No creo que haga faltar apuntar ejemplos, a buen seguro en la mente de todos.

Y es que luego se ve que las dizque fuerzas coactivas estatales contra las que tanto arremeten siempre los ancap siempre existen de una forma u otra y que la dinámica capitalista, la de esa supuesta mano invisible también falla basada solo en el enriquecimiento económico, no en el personal ni cultural, basándose, por ende, en que triunfe incluso la mediocridad más absoluta porque, muchas veces, lo que demanda la mayoría –en ocasiones, convenientemente domesticada o manipulada- es el bodrio y por tanto este no deja de incrementarse provocando un excedente de auténtica mediocridad que muchos alimentan y sufragan mientras que son desechadas del panorama todas aquellas inquietudes, incluidas las humanísticas o culturales, por el mero hecho de no tener (supuestamente, como se repite a modo de mantra) aplicación práctica y, en definitiva, por no basarse (por poner ejemplos varios) en el pelotazo del ladrillo, en la especulación inmobiliaria o bursátil o en la chabacanería más sórdida y vulgar, de ahí que en ese darwinismo social de depredadores carroñeros venzan muchas veces quienes menos lo merecen y que quienes merecerían el triunfo o reconocimiento acaben engullidos, por lo que, aun reconociéndome profano en materia económica, nunca me ha convencido esa frialdad para con el género humano en aras de esas nuevas deidades llamadas mercados a través de los cuales muchas veces se han generado injusticias y desigualdades aberrantes mientras asistimos verbigracia a una escalada de tramas de corrupción a todos los niveles. Eso quizá nos lleve a estar en una posición de outsider, de escépticos desengañados, mas ello contribuye a reconocer méritos individuales de buenas personas que puedan existir con vocación de servicio público y que intenten satisfacer las necesidades de la gente y contribuir a la mejora de sus condiciones de vida cualesquiera que sean sus posiciones ideológicas mientras respeten los derechos humanos, las libertades individuales y la integridad de cada persona. Pero ser escéptico no es ser pesimista, sino que se puede –y se debe- estar abierto a la esperanza -aunque sea con ese espíritu crítico no exento de mordacidad- valorando, sobre todo, algo no tan frecuente -pero muy valioso-: el pensamiento independiente. Y a ello poco ayuda más que el ejercicio intelectual, la cultura y la educación, más en este tiempo donde es más fácil encontrar un nivel cultural mucho mayor en un músico callejero del Metro de Madrid que en muchas de las sedes de cualquier partido político o sindicato. Es terrible, pero es así, aunque habrá quienes hablen con cinismo superlativo de la fatal arrogancia de todos aquellos de perfil humanístico tildados peyorativamente de intelectuales diletantes en el mejor de los casos.

En este punto, parece más que necesario traer a colación lo que decía Julio Anguita: “Lo que ocurre es que la sostenibilidad del planeta está en contra del concepto de crecimiento sostenido, que es imposible. Es por eso [por lo] que también defiendo el decrecimiento. ¿Por qué? Porque el planeta tiene sus límites. Unos límites en los que 7 mil o incluso 12 mil millones de personas pueden vivir; pero deben vivir de una manera en la que no agredan al medio ambiente y en la que existan entre ellos unas relaciones fraternas en torno a lazos solidarios, y en la que se vayan erradicando enfermedades, hambrunas, etc.; sin que la humanidad entre en esa dinámica diabólica de consumir y consumir cosas, que muchas veces son completamente superfluas. Se trata de una cultura alternativa que solo puede venir de la izquierda, de movimientos alternativos, que aun si no se inscriben en el campo de la izquierda, podemos decir que están en el campo de lo humanístico, es decir, de la modernidad humanística.” Él mismo reconoce con cierta lucidez que no tiene por qué circunscribirse a un determinado lado, pero sí habla de lo alternativo y del campo de lo humanístico y, ¡ojo!, que hablar de Humanidades no es excluir en modo alguno a la Ciencia, al contrario, y, de hecho, la propia Lingüística (barro para casa) siendo, probablemente, la más humanística de las disciplinas es a la vez, al menos desde el maestro ginebrino Ferdinand de Saussure, una apasionante disciplina científica, aunque, eso sí, de las Ciencias Humanas (= Humanidades), más aún para los estructural-funcionalistas como un servidor. Como decía Samuel R. Delany: La lingüística es en gran medida una ciencia. Es una ciencia humana, una de las ciencias humanas. Y es una de las ciencias humanas más interesantes.

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Aunque mi campo –huelga decirlo- es la Lingüística, me reconozco un melómano confeso –y entusiasta beatlemaníaco para más señas-, y aunque quizá conozca algo más el panorama musical toledano –especialmente por un buen amigo, Álvaro Velasco, virtuoso músico toledano de desbordante y arrollador talento y, para mí, apoyo formidable en momentos muy difíciles-, hoy quisiera mencionar a David Ruiz, vocalista de la banda burgalesa La M.O.D.A., que también se ha revelado como sugerente poeta, y que en una de sus canciones nos habla precisamente de ese “fuego dentro que nos guía desde niños” y asimismo manifiesta que “no podrán secar el mar, no van a poder parar la fuerza del destino y sonreímos”, lirismo musical y evocador de sugestivas metáforas que alude a esa llama de nuestro fuego/fuero interno y también a ese destino en el que por cierto siempre tanto ha creído mi amigo toledano al que me he referido antes.

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En fin, las cosas simples y sencillas demuestran, revelan que poco suele necesitarse -o al menos poco necesitan algunos- para navegar por las procelosas aguas de la vida. Quizá, o más bien probablemente, también en eso se haya degenerado y se haya empeorado. Quién sabe. Pero tampoco quiero que se interprete esto como una visión pesimista del momento actual. Bien es verdad que algunos hemos podido pensar en ocasiones que nos hemos equivocado de época y añorar otros tiempos (quién no lo ha hecho en su juventud, por ejemplo, con el Romanticismo becqueriano), pero también es verdad que hemos adelantado mucho, no solo en la ciencia, que también, sino en muchos aspectos y es que el ser fiel a unos principios y valores (Lo que importa son los valores, concluíamos un buen amigo y yo) no ha de implicar tener una mente cerril, sino todo lo contrario, y en eso, aunque sea poco a poco, se ha ido avanzando -aunque queda mucho por hacer-, y aunque es lógico añorar otros tiempos, y no tan remotos, también es verdad que en otros momentos eran impensables ciertas libertades que estaban fuertemente reprimidas y, por eso, creo que conviene atesorar todo lo bueno que como legado nos aporte el pasado y sea beneficioso mientras se siga caminando hacia delante, avanzando, sin dejar de saborear los dulces momentos del pasado, más aún del pasado que se ha vivido porque, absorbemos como esponjas –aprendemos de la experiencia, sí, soy empirista o empírico y baconiano-, y es lo que nos conforma y lo que forja nuestra idiosincrasia, por todo ello resulta a veces tan entrañable e incluso divertido hacer repaso a ese contexto común que se comparte con gente tanto de tu generación como de otras adyacentes pero que, como digo, conocen y comparten esos mismos códigos con los que hemos ido creciendo, caminando o enriqueciéndonos. En cualquier caso, siempre acaban siendo fundamentales todos esos elementos que configuran nuestro código de vivencias compartidas con otras personas a las que te unen tanto diversas inquietudes (intelectuales, sentimentales, afectivas…) como el contexto en que hemos ido avanzando, caminando, cultivándonos, desarrollándonos y, en definitiva, como diría el expresidente uruguayo Pepe Mujica, gastando vida, pero más vale gastarla lo más feliz que se pueda y en compañía de quienes contribuyen a esa felicidad (más vale perder el tiempo con amigos que amigos con el tiempo, pero también valen más las minorías selectas que las mayorías desorbitadas) o añorando el pasado por aquellas personas trascendentales con que lo compartimos y que tanto influyeron en nuestra conformación como personas y, en definitiva, en nuestra vida. Pero volviendo al tema central de este artículo, como decía en otro discurso –más bien pregón- el siempre diáfano, didáctico y comprometido S. Gutiérrez Ordóñez: La solución se halla en manos de todos, de todos, pero en especial de quienes manejan las riendas desde el pescante, sin embargo, repito yo, aun a riesgo de ser reiterativo, es algo que a todos nos atañe y por ello, para que como decía Unamuno, el silencio no pueda ser interpretado como aquiescencia, conviene fomentar el espíritu crítico al que tanto contribuyen las Artes y las Humanidades y, por consiguiente, rescatar, en nuestra larga búsqueda, a esos soñadores que todavía vagan por el mundo llenando su maleta de talento, ilusiones y momentos inmateriales pero también de ese arte, ese intelecto, ese conjunto de saberes que transmitimos merced a la maravillosa facultad del lenguaje y que no se compra con dinero, en definitiva, rescatar esos necesarios sentimientos con el fin de devolver a su altar el valor de lo que tiene precio y, sin embargo, ha de ser reconocido, recompensado y valorado y que hogaño es más necesario que nunca: la buena educación del entendimiento, la Cultura, sabiendo que todos podemos ser partícipes de su existencia, extensión y permanencia como motor de progreso de la Humanidad.

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