CRÓNICAS DE UN TORPE I

[dropcap]I[/dropcap]ba yo volviendo a casa, por esas calles sombrías, después del ruido, el alcohol, las risas, los gritos y las miradas vacías. Caminaba yo distraído, pensando en el tiempo vivido, pasado, como corriendo, con un contrato que nos obliga a vivir sin descanso. Había llovido, yo miraba al suelo, distraído, por las baldosas mojadas de haber llovido. Unos ojos observaban mi tedioso paso, con curiosidad y descaro; levanté la mirada y encontré esos ojos negros mirando, de mujer, de mi edad, joven. Yo observé furtivamente y bajé la mirada al suelo, distraído, otra de esas miradas de corrido que quedan abandonadas en el abismo de la ciudad. Caminaba yo distraído de nuevo, cuando me di cuenta del mal paso, una baldosa suelta, hundí el pie cediendo ella y resbalé, cayendo, como si el suelo me esperase deseando, y caí, torpe yo, avergonzado. Oí una voz, preguntando – ¿Estás bien?- Dijo ella. Y yo –Sí- Mentí –No ha sido nada, ya me levanto- Intentando incorporarme volví a caer, más avergonzado, un dolor punzante recorría mi tobillo y el costado. Buen golpe, pensé. Ella entonces preguntó, esta vez sabiendo la respuesta – ¿Seguro que estás bien?, pareces dolorido- Y cuando me incorporé, con dolor y mil quebrantos, mi cojera delató mis pasos, y ella dijo, sin pensárselo –Te ayudo, ¿Dónde vives?- Y mi timidez y yo la respondimos –Aquí al lado, a dos calles- -Te acompaño- Y se echó mi brazo en su hombro, y andamos, hablando, la miré, vestía mallas negras, falda corta, jersey verde, más holgado que ajustado, ojos pintados, había llorado, y un pelo negro recogido en un hermoso peinado. Y hablamos, yo era uno más del barrio, ella vivía en el extrarradio y seguimos andando… y hablando. Me dijo tener familia en otra ciudad y que era precioso, estaba estudiando. La dije los mejores sitios, los que solo alguien de aquí conoce, y me dio las gracias… y su teléfono.  Llegamos al portal y mi torpeza de nuevo me dio un tortazo, no atinaba la llave cuando se posó su mano, con suavidad y me ayudó a abrir. Acercándonos al ascensor nos despedimos y allí nos quedamos mirándonos, deseándonos, pero ninguno manifestó y la puerta se acabó cerrando, con sus ojos observando, y ascendiendo recordé tener su teléfono en la agenda del móvil, y que no me dijo su nombre, repasé los números y lo encontré, su nombre era…

Francisco NezbiaN. El Secreto de la verdad

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