Capitana

Cristina Ballesteros Gadea. Ilustración de Paula Bonet.

 

La he estado buscando por todas partes.

Espero que no hayan acabado con ella todavía.

Espero que siga siendo valiente
como siempre dijo que sería.

Porque la mujer que es mujer es valiente
y lucha y lucha y lucha.

Y cuando deja de tener ganas,
que no cansancio,
sigue luchando.

Sé que soñó con el hombre
que a todas nos hicieron creer que había que llevarse.
Y ella pudo y se lo llevó.

Pero luego resultó que ese hombre estaba roto.

Y en su afán de quererla
quiso hacerla a su imagen y semejanza
y quiso romperla a ella también
a base del manual que le hicieron creer que tenía que seguir.

Y él también pudo y también se la llevó.

La mujer que es mujer es valiente,
pero la mujer que es mujer puede también que no lo sea.

Incluso la mujer que es mujer
puede que no sea ni siquiera mujer
porque puede ser por fin cualquier cosa.

Puede ser hombre,
puede ser las dos al mismo tiempo,
o simplemente no ser ninguna de ellas.

Y puede querer a quien quiera
y odiar también a aquel que se lo merece.

La mujer que es mujer puede repararse sola
-y solo si ella es la que quiere hacerlo-
si se rompe,
o si alguien se encarga de romperla
y no se lleva a nadie por delante mientras tanto.

La mujer que es mujer pelea,
pero pelea solo si encuentra el motivo correcto.

Y si no, puede quedarse en su casa
y gustarse y quererse sola,
y acurrucarse sola bajo las sábanas
porque nadie puede decirle
cómo y de qué disfrutar en su vida.

Y claro, esto es solo para para aquellas que pueden hacerlo
porque todavía no le robaron,
muchas veces lo hicieron a costa de su propia vida,
el último pedazo humano de intimidad que le quedaba.

Aquella mujer odia desangrarse una vez al mes,
en ocasiones cada menos,
en ocasiones cada más,
en ocasiones tiene que esperar nueve meses sin buscarlo,
así,
porque alguien decidió hacerse lobo al encenderse la luna,
ser manada,
y es ella la que ha de joderse
porque la naturaleza tomó aquella decisión un día
y la sociedad se creyó todo aquello,
y encima hizo que se sintiera culpable,
y la obligó además a tener que ser eternamente infeliz por eso,
e hizo que todas las mujeres que son mujeres
y las mujeres que son mujeres
quedaran condenadas desde entonces.

A algunas de esas mujeres una podré conocerlas
algunas murieron felices en su cama,
algunas fueron intencionadamente incendiadas
en la fábrica Triangle Shirwaiste en Nueva York hace un siglo ya,
por decir lo que pensaban y merecían en voz alta.
La menor de ellas tenía catorce años.

Otras muchas, demasiadas,
aunque una hubiese sido suficiente para llamar a eso terrorismo,
se hicieron transparentes a manos de aquellos hombres rotos,
los de las manos llenas de poesía el primer día,
y una bala,
una sola,
el último.

Aquellas mujeres transparentes
caminan con nosotras vestidas de morado,
nos agarran de la mano con una de sus manos
y aprietan arriba bien fuerte la otra,
gritando en silencio como una vez lo hicieron en vida.

Hoy me acuerdo de la mujer que vive allí dentro
y trato continuamente de volver a encontrármela.

Encontrarme también con la mujer feliz,
la que sigue creyendo en el final de esta lucha,
la que sigue pensando que es posible la mujer capitana.

Todavía sigo buscando a aquella mujer.

Y creo que hoy por fin la he visto
en los ojos de todas ellas.

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